domingo, 2 de abril de 1995

Lapiceros eternos



Lapiceros eternos*

            Todos tenemos experiencia de cómo los niños son remisos muchas veces a dejar sus lapiceros, goma de borrar,...a sus compañeros. Y la razón suele ser bien sencilla: se gastan. Son pequeños egoísmos, reflejo de las tacañerías más importantes que en tantas ocasiones mostramos los mayores. Pero, al mismo tiempo, cada día conocemos la historia de personas eminentemente solidarias, entregadas a los demás, generosas, hombres y mujeres que vuelcan sus energías en el otro. En una sociedad como la nuestra, tan desprestigiada por los numerosos hechos negativos como se suceden, sería necesario que cada jornada los medios de comunicación rescatasen del silencio y el anonimato una historia de amor, las pinceladas básicas que permitieran a las gentes conocer los rasgos vitales de unas biografías que normalmente pueden  motivar y animar a salir de la mediocridad y la vida cómoda.
            Y no estoy hablando de perfecciones. Todos sabemos que hasta los santos oficiales participaron en  ocasiones de las miserias, errores y limitaciones humanas; fueron santos a pesar de sus debilidades y nunca se consideraron a sí mismo héroes ni mártires, sino personas que necesitaban imperiosamente cumplir una misión, dar a los demás gratuitamente un poco al menos de lo que reconocían haber recibido. Los ejemplos son múltiples.
            Hace unos días conocí a una monja concepcionista que ha entregado toda su vida al convento. Era una visita  profesional, con motivo  del Catálogo del Patrimonio Bibliográfico. Salí verdaderamente impresionado, no sólo por la sabiduría de estas religiosas sino por su dedicación y por el cariño con que conservan su patrimonio histórico‑artístico. Y me admiré por la serenidad con que afrontan tanto la vida como la muerte: “Yo no quiero morirme ‑me decía‑, porque creo que aún puedo hacer muchas cosas; pero, al mismo tiempo, deseo morir porque sé que voy con Cristo”. En definitiva, contenta con todo, aceptando gozosamente todo.
            También entre los profesionales encontramos personas que no han escatimado esfuerzos para servir a los demás con una intensidad superior a la normalmente habitual en un trabajo retribuído. He sido testigo de la jubilación de Julia Méndez Aparicio, directora de la Biblioteca Pública Provincial desde el año 1958 hasta el pasado 25 de marzo. Indudablemente sin ella no contaríamos los toledanos ni la comunidad investigadora con unas colecciones bibliográficas tan importantes, recopiladas con inaudito tesón por esta mujer de raíces leonesas que nos deja importantes catálogos sobre los incunables y las obras del siglo XVI, estudios sobre las encuadernaciones mudéjares, etc. Su libro La Biblioteca Pública, ¿índice del subdesarrollo español?  es ya un clásico en los estudios de biblioteconomía; y todos los profesionales reconocen el trabajo modélico que Julia hizo dirigiendo el Centro Provincial Coordinador de Bibliotecas o formando a nuevos bibliotecarios. 
            Y estos días hay un caso bien peculiar: el cardenal de Toledo, don Marcelo, con sus 77 años,  está recorriendo todos los arciprestazgos. La carta que escribió anunciando esta visita cuaresmal es bien explícita: “Quisiera recorrer toda la diócesis y agotar mis energías predicando el Evangelio de Jesucristo...”
            Seguro que todos ustedes conocen muchísimas más vidas así, que merecen ser contadas. Son personas, en definitiva, que han descubierto que su lapicero, su vida, goza de eternidad y no tienen miedo alguno de que se gaste. ¡Y qué suerte sacar punta a un lápiz que sabemos no se termina nunca...!


* Ya (2-4-1995), pág. VIII

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