miércoles, 1 de abril de 1992

El niño que acumulaba libros



El niño que acumulaba libros*

            Érase una vez un pueblo castellano en el que vivían un millar de personas. Tenía el pueblo  su alcalde y su escuela, el cura y el médico; y había también dos carnicerías, un estanco, una sastrería, un taller de carpintería, una tienda de tejidos y otra de comestibles, cuatro tabernas, un cartero, muchos agricultores y... una droguería.

            Dos centenares de niños habitaban en aquella localidad que estaba próxima a los inicios de las tierras manchegas. Doscientos niños de sonrisa abierta y de ojos vivarachos; niños con manos adaptadas a trepar rápidamente por los árboles en busca de hojas de morera para sus gusanos de seda o de un nido de pajarillos. Eran niños habituados a cazar lagartijas, a pegarle al balón en la era, a dar tres golpes en el llamador de una casa y salir corriendo y...también...algo acostumbrados a leer.

            Pero un día una gran fila de niños de todas las edades se dirigió al Ayuntamiento, alicaídos, silenciosos y con los ojos tristones.

            La Autoridad, pensativa y sorprendida, salió a su paso:

            ‑ ¿Qué ocurre, niños? ¿Qué hacéis aquí, haciendo fila y a estas horas?

            ‑ ¡Tiene que buscar soluciones, señor Alcalde! ‑dijeron a coro los niños.

            La Autoridad, realmente sorprendida, no entendía nada de nada. Y volvió a preguntar:

            ‑ Pero, niños, ¿qué es lo que tengo que solucionar? Vamos haciendo todas las mejoras que podemos en el pueblo. ¡Hasta columpios os he puesto en la plaza del reloj! ¿No habrá algún problema en la escuela? ¡Pero si tenéis un maestro que no os lo merecéis! ¡Venga, decidme!, ¿qué pasa?.

            ‑ ¡No hay libros, señor alcalde! ‑dijeron, de nuevo a coro, las dos decenas de niños que llegaron en fila y que ahora hacían corro en torno de la Autoridad.

            ‑ ¡Ni tebeos! ‑exclamó Gustavo, el hijo de Martín el carnicero.

            ‑ ¡Tampoco hay cuentos! ‑se lamentó una niña de pelo rubio trenzado.

            ‑ ¡¡¡Tiene que hacer algo!!! ‑gritaron todos al alcalde.

            ‑ ¡Vamos, vamos, tranquilos, dejad de hablar todos a la vez. Así no hay quien se aclare! Pasad a mi despacho una comisión de cuatro de vosotros.

            Felipe, el alcalde, se sentó en su sillón de raso rojo descolorido y se dispuso a escuchar atentamente a Benito, Fidel, Guille y Timo ‑los más líderes del grupo.

            ‑ Don Felipe ‑empezó Guille‑, la cosa es muy seria: hace casi un mes que no llegan tebeos ni libros al pueblo.

            ‑ Gervasio, el droguero, dice que el cartero no trae los pedidos, que será que correos anda mal ‑dijo Fidel.

            ‑ Pero sea lo que sea, usted tie que hacer algo, don Felipe, que para algo es usted el alcalde. Si en nuestro pueblo no tenemos biblioteca y el droguero ya no trae libros, ¿qué vamos a hacer? ¡Lo único que tenemos es la enciclopedia de ir a la escuela, pero queremos cuentos! ‑argumentó Benito.

            ‑ Por todo ello ‑dijo en todo solemne Timo‑, y en nombre de todos los niños, y de las niñas ‑que no ha entrao ninguna porque les daba cosa‑ le pedimos que averigüe lo que ocurre y busque usted una solución a este problema, a esta carencia.

            La Autoridad, tras tranquilizar de nuevo a los niños y prometerles que tomaría cartas en el asunto, se despidió de ellos con una sonrisa franca y se dirigió a casa de Gervasio, el droguero.

            Cuando Don Felipe llegó al establecimiento, estaba despachando Julián, el segundo hijo del droguero:

            ‑ Bu...uue...eenos días, señor alcalde ‑saludó nervioso el niño.

            Julián no daba pie con bola. Fue a despachar cuarto de detergente y vertió un montón en la báscula. Cada vez se le veía más intranquilo, mirando de un lado para otro y fijando sus ojos periódicamente en los del alcalde. Cuando había terminado de despachar, la Autoridad, sospechando no sabía bien qué, preguntó sin vacilación al hijo del droguero:

            ‑ Julián, ¿tú sabes por qué no os mandan los pedidos de libros y tebeos?

            ‑ No,...señor ‑respondió Julián, un tanto dubitativo‑. Hace más de una semana que no recibimos pedidos...

            ‑ ¿Sólo una semana? ‑exclamó el alcalde‑. Los niños me han asegurado que hace cerca de un mes que tenéis las estanterías vacías de cuentos y libros...¿qué sabes tú?...

             El niño, terriblemente nervioso, contestó:

            ‑ Bueno, alguno ha venido, pero... se han vendido todos...

            Iba a hacerle nuevas preguntas, más directas, ante el visible nerviosismo que mostraba el niño, cuando de improviso salió de la trastienda Gustavo, el droguero:

            ‑ ¡Juliánnnn! ¿Qué es ese lío que hay en el pueblo con los libros? ¿Cómo dicen que no mandan libros, si no hacemos más que recibir y vender todo?

            El niño salió corriendo, pero se encontró con la mano de su padre en su oreja derecha.

            ‑ ¡Alto ahí! ¡Explícame qué está pasando!...

            La confesión  del asustado niño  hizo que Don Felipe, el alcalde, y Gervasio, el droguero estallaran en una sonrisa: Resultó que Julián guardaba en su habitación todos los cuentos, libros y tebeos que recibían de los distribuidores. Los iba leyendo uno tras uno, ávido de lectura, y luego iba sacándolos a los estantes para su venta a los demás niños del pueblo. Así lo venía haciendo desde hacía un par de años, con el beneplácito de sus padres, que observaban gustosos la afición a la lectura de su hijo y su inteligente sistema de leer gratuitamente.

            Pero lo que no entendía Gervasio era porqué en esta ocasión su hijo había acumulado  tanto material. En efecto, verdaderas pilas de tebeos y de cuentos y los pocos libros que habían llegado, salpicaban el suelo y llenaban el armario de la cámara de  la vivienda.

            ‑ Padre ‑se excusó el niño‑, es que había decidido crear una biblioteca. Si seguimos vendiéndolos, los tebeos y los libros seguirán dispersándose por las casas y luego será difícil convencer a todos para que los donen. Así que pensé que era mejor que cuando tuviésemos un fondo decentillo se lo entregásemos al señor alcalde y así podría abrir una biblioteca.

            ‑ Me tomas el pelo o eres así de ingenuo...Pero, hijo, nosotros somos pobres, no hubiésemos podido resistir mucho así, pagando pedidos y no teniendo ingresos de estas partidas...

            Pero cuentan que sí, que era cierto el plan de Julián, que conociendo al muchacho era imposible que hubiese mentido. Así que cuando se supo  la historia del desabastecimiento  de libros que había sufrido la localidad, los demás niños propusieron a la Autoridad que Julián, el hijo del droguero, fuese nombrado hijo predilecto o algo parecido.

            No sabemos si esto se hizo. Pero sí llegó a nosotros el final de la historia: Cuando Gervasio, el droguero, sacó todos los guerreros del antifaz, robertos alcázar, etc. acumulados durante cerca de un mes a las estanterías para ponerlos a la venta ocurrió un hecho insólito: Una larga fila de más de un centenar de niños esperaba en la calle para comprar, nuevamente, los libros, cuentos y tebeos que vendían en la droguería, la única tienda del pueblo donde se podía comprar de todo excepto comestibles...

            Los 1.757  ejemplares fueron vistos y no vistos. Todo estaba vendido, ante la  mirada un tanto desolada de Julián, el niño del droguero. La sorpresa  vendría después, cuando el centenar de niños se dirigió rápidamente al Ayuntamiento: De nuevo el señor alcalde salió, sorprendido, a la puerta. Pero se tranquilizó al ver el feliz semblante, las caras radiantes de alegría de todos los niños. Cuando el último de ellos le entregó los tebeos o cuentos que un momento antes había adquirido, el alcalde comenzó a llorar...de alegría.

            ‑ ¡Vaya si merece la pena ser alcalde...! ‑decía don Felipe emocionado y secándose las lágrimas‑... ¡Claro que merece la pena ser alcalde! ‑repetía el buen hombre...

            Y cuando, dos años más tarde, el alcalde inauguró la Biblioteca Municipal, cuyos primeros 1.757 volúmenes fueron los donados aquel día por los niños del pueblo, Don Felipe decía en su discurso:

            ‑ Mirad, convecinos, cada vez que surge un problema en el pueblo, me acuerdo de estos acontecimientos de los libros y me digo: sólo por esto ya merece la pena haber sido alcalde de este pueblo...

            Y sus vecinos, plenos de emoción al ver el nuevo servicio con el que contaba el pueblo, preferían gritar para así ahogar las lagrimillas que deseaban salir a escena:

            ‑ ¡Que viva nuestro alcalde!

- ¡Qué viva!!!!!!!!! ‑contestaron a coro, con voz alta y sincera.    





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Escrito en abril de 1992, fue leído por el autor en el Maratón de Cuentos de Guadalajara de ese año.
Fue publicado inicialmente en La Voz del Tajo, Suplemento Día del Libro (24-4-1993), p. XIII. También fue recogido en el libro Combates por la biblioteca pública en España (2006), págs. 25-27.
                       

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