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miércoles, 1 de septiembre de 2010

La mordaza y el miedo



La mordaza y el miedo*

La llamada del director general no le había sorprendido. La esperaba. Esa mañana, El Independiente, uno de los más prestigiosos periódicos de tirada nacional, publicaba el artículo de opinión sobre la situación de las bibliotecas públicas españolas que había escrito Ramón. Pasó al despacho del director y se encontró de frente con su mirada, fulminándole.
            - ¿Sabes por qué te llamo, no?
            - ¡Claro! -contestó Ramón, intentando una respuesta tópica-; tenemos muchos temas para despachar…
            Pero el director no quiso eludir en ningún momento la cuestión por la que había dicho a su secretaria que llamara a Ramón con urgencia.
            - ¡Sabes perfectamente por qué te llamo, no pretendas disimular! ¡Se trata de tu artículo!…
            El director general estaba visiblemente nervioso, además de enojado. Casi balbuceando, prosiguió:
            - Tu artículo, además de lleno de inexactitudes y valoraciones negativas, nos pone en una situación delicada con los responsables ministeriales. Que un alto funcionario de esta Consejería escriba un artículo de opinión tan crítico, y además difundido en el medio de mayor repercusión a nivel nacional, supone un duro golpe para el Gobierno Regional.
            No era la primera vez que Ramón, apasionado defensor de las bibliotecas públicas, escribía artículos de opinión. También en jornadas técnicas y en congresos había expresado con vehemencia y datos científicos sus criterios respecto a la falta de una política de Estado en materia de lectura pública en España y había realizado ambiciosas propuestas para que los políticos asumieran de una vez sus responsabilidades y competencias. Pero en los foros técnicos no hay periodistas y las repercusiones de un artículo en un periódico de la provincia o de carácter regional son muy limitadas. Ahora era distinto…
Ramón se había ganado el aprecio de los profesionales, que veían en él al verdadero artífice de la red regional de bibliotecas y a un defensor de los bibliotecarios, especialmente de los que trabajaban en los centros más pequeños. Se habían puesto en marcha muchos programas y, a pesar del escaso apoyo político  y los limitados presupuestos, los indicadores estadísticos comenzaban a transformarse y, en algunos casos, incluso se ponían a la cabeza del país.
Y es verdad que Ramón se había marcado como una prioridad de su vida profesional conseguir la democratización de un servicio público, la biblioteca, que consideraba verdaderamente esencial y neurálgico para colaborar en la madurez de los ciudadanos y construir una sociedad más responsable, participativa y crítica.
- Tres consejeros han pedido tu cabeza –prosiguió el director general-, así que tenemos que decidir qué hacemos contigo.
Pero Ramón no se amilanó. Era un luchador nato y no era la primera vez, y seguramente no sería la última, que la sombra del cese se cernía sobre él. De forma aparentemente tranquila, que la procesión de la intranquilidad iba por dentro, contestó con firmeza:
- Pues córtala… Pero ya imaginarás que tendré que decir por qué lo hacéis. Hablaré de la censura que me imponéis y de las razones por las que me cesáis.
El silencio se adueñó de la estancia. El Director se había quedado cortado; tal vez no contaba con la firmeza de Ramón; acostumbrado a ser sumiso, probablemente se habría planteado que Ramón se disculparía e, incluso, prometería no volver a las andadas con artículos de este tipo. Su cese podría tener repercusiones en los medios y entre los profesionales, y con unas elecciones tan próximas había que ser extremadamente prudente…
La conversación se había agotado. Cada uno interiorizaba sus ideas, tal vez pensando cómo se desarrollarían los acontecimientos. Por fin, el Director, decidió romper ese cortante silencio:
- Bien, puedes marcharte. Ya te comunicaré lo que proceda, según las instrucciones que reciba…

*******
- ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!!!!!!!!!.
La imagen de esa tremenda máquina apisonadora que se cernía sobre él, le hizo gritar. Ramón, entonces, despertó y se percató de que se trataba sólo de una pesadilla. Tal vez era la influencia de la conversación de aquella mañana con su Director. De nuevo volvían los fantasmas de la censura o, lo que es peor, la autocensura como método de sobrevivir, a pesar de estar en un Estado democrático. No era miedo, que ya estaba acostumbrado a lidiar con toros de estas características, sino sobre todo rabia e impotencia. Tener las ideas claras y no poder expresarlas. Saber que defendía los derechos de los ciudadanos y que, sin embargo, tenía que silenciar sus quejas y someterse a los gerifaltes del Poder…
Tras la ducha, desayunó y se dispuso a marchar a su despacho. No se le iba de la cabeza. Según caminaba, observaba los carteles de los líderes que aspiraban a gobernar después de las próximas elecciones. Ramón se sentía huérfano. Era un hombre sin partido. Hacía años que había abjurado públicamente de los progresistas, que le habían desilusionado notablemente, y no acababa de encontrar otro partido que fuese más con sus ideas y principales conceptos de la vida. Iba pensando la posibilidad de acudir al Defensor del Pueblo para reivindicar su derecho a opinar libremente, aunque fuese un empleado público…Pero se mostraba cansado, harto de clamar en el desierto, de luchar a favor de una utopía. Era un náufrago y en esta mañana se veía a la deriva…
Ya en el despacho, recibió varias llamadas de conocidos que le expresaron su admiración por su artículo, por haber hablado con tanta valentía. Ramón se mostró agradecido y aparentó firmeza, pero por dentro esta vez estaba roto. Fue a llamar al director del área de opinión de El Independiente pero no se atrevió.
- ¡No debo ser imprudente! Seguro que esta gente está controlándome el teléfono. ¡Lo haré desde casa, cuando finalice mi jornada laboral!
Cuando fue a redactar un mensaje de correo electrónico, el sistema se quedó como bloqueado y Ramón no dudo que también estaban  espiando sus movimientos virtuales. Era angustioso… Otras veces había mantenido el tipo, pero en esta ocasión no podía dejar de pensar en la conversación, en las palabras del Director General.
- Seguro que están tramitando mi cese. Son capaces de hacerlo sin decírmelo siquiera. Se inventarán cualquier mentira y harán una nota de prensa diciendo que por las razones expuestas han decidido cesarme en mi puesto de trabajo. ¡Si es que tienen todo el poder!
A media mañana tenía que marchar a una reunión en el Centro Cívico Municipal. Salió del despacho y ya en la calle se pegó un susto de muerte cuando vio que un vehículo le pasaba rozando a toda velocidad. Ramón, que siempre expresaba la teoría del piensa bien aunque no aciertes en lugar de la preferida del público piensa mal y acertarás, dudó en esta ocasión.
- ¿Ha sido casualidad o es que esta gentuza es capaz de todo?
El propio Ramón no quiso dar crédito a esa disparatada idea. Y pensó entonces:
- El problema es que me han metido el miedo en el cuerpo y empiezo a tener ideas persecutorias. ¡Me están tocando el coco!
En la reunión estuvo totalmente silencioso, absorto en sus pensamientos, lejano. Empezaba a estar preso del recuerdo de las palabras del Director General. ¿Cuántas veces se había sentido amenazado y amordazado? Infinitas. Pero había seguido caminando, con firmeza, fiel a sus principios…
-  Entonces ¿ahora qué me pasa, qué me está ocurriendo?  -se preguntaba Ramón ajeno a la reunión que estaba desarrollándose en la sala-.  Estoy como obsesionado, no puedo dejar de pensar en las hipótesis que pueden abrirse si esta gente materializa sus amenazas… He vivido apasionadamente mi trabajo y ahora comienzo a percibir mi desgaste, que me está pasando factura… Quisiera adaptarme, esperar órdenes, aceptar que la responsabilidad política la tienen otros…pero no puedo. Tal vez no sé. Han sido muchos años de soñar, de poner en marcha proyectos, de hacer un trabajo en coalición con tantos compañeros. Pero ahora me siento solo.
Al terminar la reunión, se encaminó nuevamente a su despacho. En su mesa se amontonaban nuevos proyectos y algunos de los que estaban desarrollándose. Pero la estancia estaba muda y el ánimo de Ramón persistía bajo mínimos. De improviso, una llamada telefónica le sacó de sus pensamientos.
- Hola, Ramón. ¿Qué te ha ocurrido? He sabido que has tenido problemas con el último artículo.
Ramón se sorprendió mucho de la llamada del director de la edición regional de El Independiente. ¿Cómo había conocido los hechos, si él no lo había comentado con nadie?
- Ramón, quiero que sepas que, si estás de acuerdo, mañana tanto la edición nacional como la totalidad de las ediciones regionales incluirán en portada la noticia de las amenazas que has recibido por utilizar tu libertad de expresión.
Ramón se quedó sorprendido y abrumado. Esto sería ya la guerra total…
- Os lo agradezco mucho, de verdad, pero creo que de momento es mejor esperar acontecimientos. No tengo vocación de mártir, y si aparecen las noticias sin duda el enfrentamiento será absoluto. Aunque me encuentro bastante tocado me gustaría que pasase esta tormenta y poder proseguir trabajando por las bibliotecas. ¡No me imagino en otro ámbito profesional en estos momentos!...
- Como quieras, Ramón; ya sabes que estamos a tu disposición. Desde luego nuestro periódico no va  a consentir que se vulneren derechos fundamentales y que te amenacen o te obliguen a autocensurarte. Haremos de tu situación un caso ejemplarizante a favor de la libertad de opinión.
- Gracias, de verdad –dijo emocionado Ramón-, para mí es suficiente saber que no soy un pobre náufrago envuelto en la soledad y la indiferencia.

Tras la llamada, estaba de nuevo con las pilas cargadas, dispuesto a proseguir su particular travesía del desierto…
- ¡Casi me olvido! Tenemos ahora la reunión técnica de la implantación del catálogo colectivo de la Red… Con paso resuelto y la cabeza levantada, salió  de su despacho, dispuesto a seguir con su tarea cotidiana. Era como una misión que sentía desde lo más profundo de su ser. Y recordó aquel viejo refrán:
- ¡Ladran! Luego cabalgamos. A caminar, a caminar….
Pero aquella noche, de nuevo, se despertó sobresaltado con un grito:
- ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!!!!!!!!!.
Y, otra vez, tembló viendo cómo una gran apisonadora se le venía encima.





* Escrito en septiembre de 2010.

martes, 1 de julio de 2008

Y la Biblioteca cerró sus puertas…



Y la Biblioteca cerró sus puertas…*

I.
            Cuando esa tarde los usuarios de la biblioteca llegaron a renovar el préstamo de sus libros, se encontraron con una desagradable sorpresa. Un cartel fijado con chinchetas en la puerta del centro anunciaba: “Desde hoy la biblioteca permanecerá cerrada por fin de contrato de la bibliotecaria”.

            José Luis, Paco, Olvido, Borja, Inma y Roberto no acababan de creerse la noticia. Aún recordaban el día en el que la biblioteca abrió sus puertas, con la presencia del Director General de Bibliotecas y con aquel discurso del alcalde en el que decía que por fin se había conseguido que la cultura se implantase definitivamente en Roquedal de la Sierra. La verdad es que los cerca de quinientos habitantes de la localidad habían acogido gozosamente la apertura del nuevo servicio municipal, y en apenas un año de actividad el 70% de la población eran socios activos de la biblioteca, prácticamente la totalidad de los vecinos con posibilidad de leer.  La bibliotecaria, Rebeca Fernández, no sólo había conseguido que los vecinos se hicieran poco a poco habituales de la biblioteca: también se había convertido en su amiga y confidente. Los mayores encontraron en el nuevo centro su lugar de encuentros, y en el taller de prensa comentaban las noticias del día. Igualmente era ya realidad el club de lectoras, al que acudían amas de casa que habían encontrado una tarea apasionante y además gratuita que, junto a la actividad lectora, estaba siendo escuela de amistad y convivencia…Y los escolares, tantas veces aturdidos por las lecturas obligatorias, comenzaban a descubrir el gozo y la pasión de leer.

            Pero ahora muchos de los sueños se derrumbaban. El grupo de amigos decidió ir a ver a la joven bibliotecaria, a quien encontraron preparando su equipaje:

            - ¡Hola Rebeca! Nos acabamos de enterar…

            - ¡Hola, chicos! ¡No creáis que iba a despedirme a la francesa! Pensaba veros y echar una última parladita con vosotros, mis queridos amigos…

            - ¡Qué palo!, ¿no, Rebeca?

            - Bueno, lo cierto es que estoy acostumbrada. Es la tercera vez que me pasa. Los ayuntamientos se han dado cuenta de la importancia del servicio público de biblioteca, pero realmente tienen un problema de financiación importante. Y como la legislación no acaba de obligarles a prestar este servicio, pues los ayuntamientos en el momento que se les acaba la subvención…¡echan el cierre! ¡Fijaos qué pena y qué derroche! Aquí queda un centro cerrado, que ha habido que construir, y unas colecciones que quedarán obsoletas muy pronto…Y, lo peor, ¡unos ciudadanos, vosotros mismos, que se quedan sin servicio bibliotecario!

            - ¡Y tú sin trabajo!

            - Sí, es un problema social, pero no distinto al de tantas personas que tienen un trabajo precario, en malas condiciones, o que están en el paro…Los bibliotecarios somos todavía como los maestros de hace décadas. Hemos avanzado, pero muchos dependen del capricho o de la buena intención del político de turno, o de que haya alguien que realmente descubra la fuerza transformadora de la biblioteca…Y entonces, si esto ocurre, no volverá a haber problema: la biblioteca se consolida, elimina las dificultades, permanece abierta,  progresa y se convierte en un servicio esencial e imprescindible para la comunidad. ¿Me entendéis?

            - ¡Claro, Rebeca! Pero, si ahora se cierra es que algo ha fallado ¿no es eso?

            - ¡No, no, mis amigos! Ahora se ha producido la crisis, la prueba de fuego. Que la biblioteca se abra o se cierre permanentemente depende de muchos factores: de cómo haya hecho yo mi trabajo en el municipio, de la importancia que para vuestras vidas tenga ahora este centro, de las alianzas con la sociedad que haya generado la biblioteca…No sé, ¡pensadlo, hablad con la gente, tomad el pulso a la comunidad, y si creéis que merece la pena no os dejéis privar del alimento que encontráis en la biblioteca! Yo en este año he intentado abriros una ventana, mostraros un paisaje bellísimo y que necesitamos como el aire que respiramos cada día. ¡Luchad si queréis conservad este servicio en Roquedal! ¡Está en vuestras manos!

            Las palabras de Rebeca, pronunciadas así, con esa fuerza y convicción que ella siempre ponía en su trabajo, dejaron a los jóvenes pensativos. Se despidieron, porque Rebeca tenía que coger el autobús que hace el trayecto  hasta la capital provincial. Allí, según les dijo, se presentaría a una oposición para Secundaria.

            - Chicos, mi vida es la biblioteca, y me gustaría trabajar siempre en servicios bibliotecarios, pero la situación laboral está provocando una verdadera sangría. Vivimos en la Sociedad de la Información y del Conocimiento, pero nuestro papel no acaba de descubrirse. Y ¡qué os voy a  decir de las bibliotecas escolares…la mayoría sin bibliotecarios!... ¡Así que a la docencia!

            La reflexión en alta voz de Rebeca ahora les había impregnado de tristeza. Ellos no podían imaginar que personas con la capacidad de influir positivamente en las personas como un bibliotecario tuviesen tal grado de precariedad laboral.

            En la plaza del pueblo se encontraron a otros chicos y chicas, que también se habían visto sorprendidos con el inesperado cierre de la biblioteca. Eran ya una decena de lectores, de usuarios de la biblioteca pública a los que se iba a privar de un servicio que se les había introducido en su vida. Habían descubierto el teatro, la poesía, la búsqueda de información para trabajos en grupo,…La biblioteca se había convertido en un verdadero lugar de encuentros en la pequeña localidad serrana. Y ahora….

            - ¡No podemos permitir este atropello! –gritó Inma-. Nos están quitando algo nuestro, y todo lo basan en el delito de que nuestro pueblo sea pequeño. Al parecer la biblioteca sólo es obligatoria en los pueblos mayores de 5.000 habitantes. ¿Os imagináis qué injusticia?

            - Pero ¿qué podemos hacer nosotros para evitar que la biblioteca se cierre a cal y canto? –se preguntó Roberto.

            - ¡Tengo una idea! –dijo con alegría Borja-. Mi padre dice que ha leído que en una ciudad cesaron al director de la biblioteca, y constituyeron un comité de defensa de la biblioteca. Consiguieron unir a mucha gente, recogieron firmas, fueron a las emisoras de radio y televisión…Claro que aquí no tenemos nada de eso, y estamos casi aislados del mundo…

            - ¡Pero tenemos nuestra voz y nos asiste la razón! –se expresó de forma categórica Olvido, que era una gran lectora y además escribía poesías.

            - ¡Pues venga, vamos a trazar un plan. No podemos perder ni un minuto! –animó José Luis, que siempre era muy estratega.

            - ¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Manos a la obra! –dijeron todos a coro.

II.

            Al día siguiente, una cadena humana recorría algunas de las calles de Roquedal de la Sierra. Eran apenas un grupo de jóvenes, pero en una tarde habían visitado casa por casa a todos los vecinos de la pequeña localidad haciéndoles partícipes de la triste noticia del cese de la bibliotecaria. De igual modo, habían animado a todos a rebelarse contra la decisión del alcalde, que a la menor dificultad  cerraba un centro que estaba siendo neurálgico para el desarrollo social, educativo y cultural del municipio. Por ello, no resultaba extraño que toda la población estuviese dispuesta a sumarse a la causa.

            Resultaba impresionante. Una parte de la cadena recorría la plaza del pueblo, en la que estaba la sede del consistorio municipal. En torno a la fuente central, unas cien personas unían sus manos y constituían la forma de un libro abierto. Desde el balcón del ayuntamiento se percibía nítidamente el objeto construido por esos vecinos. Un libro unía a cada dos habitantes, agarrado significativamente por las manos entrelazadas. Uno de los miembros de la cadena humana llevaba un cartel-pancarta que decía:


“QUEREMOS UNA BIBLIOTECA ABIERTA.
TODOS LOS VECINOS DE ROQUEDAL VAMOS A LUCHAR
HASTA CONSEGUIRLO”



            Otra parte de la cadena llegaba desde la plaza hasta la biblioteca, y otro ramal transcurría por las dos calles que había que recorrer desde la misma plaza hasta llegar al monumento a la Constitución que se había levantado hacía varios años por iniciativa de un famoso escultor local. La forma era idéntica: personas que unían sus manos y entre ellas un libro de los que la gente tenía en sus casas en concepto de préstamo domiciliario de la biblioteca. Frente al monumento constitucional y a la sede de la biblioteca, un niño en cada caso portaba otro improvisado cartel-pancarta de cartulina, reforzada con unos junquillos, y ambos  contenían idéntico texto:




“TENEMOS DERECHO A SERVICIOS BIBLIOTECARIOS
SOMOS CIUDADANOS DE ESPAÑA”



            En el Ayuntamiento, el alcalde había reunido con carácter de urgencia a la Corporación municipal. Todos estaban sorprendidos de la protesta vecinal, pero el alcalde mostraba su enfado:

            - ¡Hay falta de lealtad en la oposición! La decisión de cerrar la biblioteca se tomó con el acuerdo de los dos grupos políticos, por una razón meramente presupuestaria y considerando que es un servicio que no nos corresponde prestar. ¡Y ahora  habéis organizado esta rebelión!

            - ¡No te confundas! –protestó el portavoz de la oposición-. Nosotros no hemos levantado a nadie, sino que han sido un grupo de chicos y chicas los que han animado a la rebelión a todos los vecinos. Sin duda, la bibliotecaria ha conseguido el fin último de una biblioteca: formar personas, hacer ciudadanos libres y críticos. Y ahora nos encontramos con que tenemos una verdadera sociedad civil en Roquedal…

            Pero mientras las autoridades municipales debatían acaloradamente, al pueblo estaban llegando poco a poco distintos medios de comunicación, para sorpresa de todos… ¿Qué estaba ocurriendo?

            - Por favor, buscamos a Olvido, la chica que ha mandado los correos electrónicos a la prensa…-indagaba un periodista de la televisión regional que, junto a otros medios, acababan de llegar a Roquedal de la Sierra.

            Nadie daba crédito a los acontecimientos que vivía el tranquilo y lejano pueblo. Incluso una joven bibliotecaria, ya en su domicilio, escuchaba con inaudita sorpresa los informativos regionales:

            - Sin duda es la noticia de la jornada. Todo un pueblo se ha echado a la calle pidiendo que la biblioteca pública abra de nuevo sus puertas. En Roquedal de la  Sierra, donde el Ayuntamiento acababa de despedir a la bibliotecaria, los vecinos han formado una cadena humana pidiendo la reapertura de la biblioteca. Y han sido unos jóvenes, ese sector de la población al que frecuentemente se acusa de pasotismo y falta de implicación ciudadana, los que han levantado al pueblo. Escuchemos a Olvido Bustamante, la portavoz del Comité de Defensa de la Biblioteca:

            - Hemos iniciado esta rebelión por la biblioteca pública  porque los habitantes de los pueblos pequeños también tenemos derecho a leer y a estar informados. Y la biblioteca garantiza un acceso democrático a estos derechos constitucionales. Pero no culpamos sólo al Ayuntamiento: tiene culpa el Gobierno regional, que en estos años no ha cumplido su promesa de una nueva legislación bibliotecaria. Y tiene culpa el Gobierno de nuestro país, que en la ley recientemente aprobada  no ha sido sensible con la problemática de los municipios más pequeños y no ha garantizado este derecho al conjunto de ciudadanos españoles…Si ahora no se rectifica, las urnas se llenarán de votos por la biblioteca en las próximas elecciones…

III.

            Apenas unas horas más tarde el alcalde, desde el balcón del Ayuntamiento, hacía un importante anuncio:

            - No tenemos dinero, pero tenemos dignidad y sabemos escuchar a nuestro pueblo. Mañana mismo la biblioteca volverá a abrir sus puertas. Hemos comprendido algo muy importante: que la biblioteca está en el corazón del pueblo y de la gente. Nos habéis dado una gran lección: tenemos que gobernar en coalición con la sociedad. Tenemos que escuchar vuestra voz y haceros  partícipes de los problemas del municipio. Sois los mejores aliados de la biblioteca y del propio Ayuntamiento, pues con vuestra rebeldía nos habéis ayudado a recapacitar y a rectificar, que dicen que es de sabios…¡Enhorabuena! Con vuestra decidida defensa de la biblioteca habéis hecho un gran servicio a Roquedal de la Sierra… ¡GRACIAS!



* Escrito en julio de 2008.

viernes, 28 de septiembre de 2007

El corazón de la lectura



El corazón de la lectura*

            Nadie pensaba que Matías sobreviviese a su empeño más de unos meses. Conseguir una sociedad lectora en este pequeño pueblo de 563 habitantes estaba condenado al fracaso. Los bares, el pequeño polideportivo, los viajes a la capital, la gran televisión de 50 pulgadas que agrupaba a los vecinos en los grandes partidos, el centro de Internet que habían instalado los de Ciencia y Tecnología y que se había convertido en un ciber, como los que había de pago en las ciudades…Todo esto sí que eran actividades de ocio con etiqueta garantizada de éxito. Por eso cuando el Ayuntamiento, desafiando legislaciones e incluso criterios de profesionales avanzados, decidió abrir una biblioteca pública, todos, casi sin excepción, vaticinaron que antes de un mes cerraría sus puertas.

            Pero los agoreros se equivocaron. Aquella colección de libros amplia y actualizada, para todos los públicos, como las grandes películas, atrajo ya en la primera semana a los vecinos y en la estadística de esos 6 días Matías contabilizó 177 socios de carnet y 915 préstamos. Además, la sección de música, las películas en DVD y el lote muy selectivo de 100 CD-ROM,  todo ello aportado por el Servicio Regional de Bibliotecas, consiguió que personas que tradicionalmente padecían una considerable alergia al libro, no tuvieran reparo en acceder a las salas de la biblioteca. Claro que la cuidada campaña de publicidad hacía difícil resistirse al indudable encanto de la biblioteca: Matías, el joven bibliotecario, había visitado una a una todas las casas de la localidad e invitado a cada residente a conocer los servicios de la biblioteca pública. Y esta cercanía supuso un dato que al Alcalde le emocionó y le llenó de escalofríos: “¿Qué ya hay 378 socios, Matías?”, preguntó la máxima autoridad municipal con un gesto de alegre sorpresa. Pero lo importante no eran los fríos datos estadísticos.

            Durante el segundo mes, el horario de la biblioteca, que había comenzado a abrir sus puertas en jornada de tarde, se aumentó e inició sus actividades a las 10 de la mañana. Primero eran los jubilados, que leían la prensa que por primera vez llegaba al pueblo, porque el quiosco o la librería nunca fueron negocios rentables en tan pequeña localidad.  A las 12 un grupo de 15 mujeres formaban el primer club de lectoras de la biblioteca, y alguna llevaba a su bebé, que abría sus ojos de alegría cuando Matías, el bibliotecario, ponía entre sus manos pequeñas un libro de imágenes que arrancaba sonoras exclamaciones en esas criaturas.

            Matías fue convirtiéndose en asesor,  cómplice,  confidente, en amigo…Había escuchado en una conferencia de otro bibliotecario un verso profético: “estás llamado a ser un dirigente”, escritas hace décadas por el poeta Bertolt Brecht, en alusión al papel neurálgico que un bibliotecario tenía en la comunidad local, especialmente en tan pequeños municipios. Y creyó que el libro, como en general la cultura, era “un arma de futuro expansivo”, en palabras de Celaya, y que la biblioteca estaba llamada a ser la puerta democrática de acceso a la lectura y a la información. Pero las sombras alargadas, las carencias de las políticas bibliotecarias de nuestro país, incluso el desánimo de muchos profesionales habían propiciado en él una inicial actitud de recelo, de estar a la defensiva, dudando tal vez si esta profesión tan especial se introduciría, como algunos decían, en lo más hondo de su ser.

            Las colecciones pronto fueron ampliadas y toda la actividad cultural, de ocio y de participación, comenzó a generarse desde la biblioteca. Todavía guardo en la retina de mis ojos la imagen de aquel pueblo que en masa acudió a la plaza del Ayuntamiento para contemplar la obra de teatro que el grupo de jóvenes de la biblioteca representó  bajo el aliento de Matías, el bibliotecario, y la ayuda de un autor amigo que había conocido el creciente precio de la fama de esta  biblioteca.

            Los ojos de los pueblos vecinos se posaban, con cierta envidia, en este pequeño pueblo de los Montes de Toledo. Pronto la Biblioteca amplió sus instalaciones, y allí los ordenadores del fracasado Centro de Internet, constituyeron el núcleo para nuevos servicios. Ahora sí que aprovechaban las gentes los modernos equipos informáticos, y descubrían que el bibliotecario era un mediador de la información, alguien que les ayudaba a no utilizar las nuevas tecnologías para juegos y barridos rápidos por la Red y a descubrir día a día cómo buscar y utilizar esa ingente información para no perecer en el intento. También cobró nueva vida el viejo Centro de Turismo Rural que, como los ojos del Guadiana, funcionaba y dejaba de funcionar, a merced de la dichosa subvención; la biblioteca, se convirtió en un verdadero centro de información local y la vertiente turística sirvió para que los centenares de personas que, sobre todo en verano, pasaban por el municipio conocieran una biblioteca que les sorprendía y que veían como una gozosa y deslumbrante realidad cultural, educativa y de información.

            El Alcalde, Genaro Martínez, se convirtió en un verdadero abanderado de la causa de la biblioteca pública. En el nuevo presupuesto municipal no sólo incrementó espectacularmente la partida destinada a fondos bibliotecarios y a actividades de difusión. Consiguió el apoyo del Pleno, incluso del grupo de la oposición que había criticado la creación de un servicio público como la biblioteca porque este Ayuntamiento no tenía obligación legal de ponerla en marcha. Pero si la biblioteca se estaba convirtiendo en un verdadero ejemplo y objeto de deseo, no dudó el Alcalde en plantear una medida que causó, nuevamente, una sorpresa infinita: “Pero esta proyección social y cultural de la biblioteca no sólo precisa de esfuerzos financieros. Para no morir de éxito, necesitamos un segundo bibliotecario…” El debate fue muy fuerte, a veces tenso, por lo que el Alcalde llamó a sus mejores aliados: Matías, el bibliotecario, hizo una sosegada pero apasionada  intervención, en defensa del papel de la biblioteca en tan pequeño municipio; luego habló Juana, la coordinadora del Club de Lectoras, de forma deslumbrante, citando incluso a unos cuantos  autores que habían escrito sobre el importante papel del libro, la lectura y la información en el desarrollo de la persona, y que terminó diciendo: “Pero el bibliotecario es el corazón de la biblioteca. Y si hay dos corazones, tenemos muchas más garantías de que la cosecha sea más fructífera. Sr. Alcalde, señoras y señores concejales: que otros pueblos se gasten el dinero en fuegos de artificio; pero que el nuestro destaque para que el libro esté en el corazón de la gente”. Y, al terminar, un nudo ató su voz, y unas lágrimas de emoción sembraron de luz la sala de plenos. Finalmente fue un niño de 7 años, Moisés, quien leyó la carta que había mandado al Rey y al Presidente del Gobierno preguntándole porqué los pueblos pequeños no podían tener biblioteca, porqué las leyes que hacen en las Cortes no obligan a que en todas las localidades de España haya una biblioteca pública. Moisés, el niño defensor de las bibliotecas, todavía cuenta a sus amigos, y una vez lo contó en un periódico provincial, que no entendía la respuesta que le había dado el Presidente: “Es cuestión de presupuesto; no se puede gastar tanto dinero en un servicio público para tan pocos vecinos”. Y el inteligente niño lanzaba siempre una pregunta: “¿Entonces, los  que vivimos en los pueblos pequeños no tenemos derecho a leer?”

            Y claro, no se habló más: toda la Corporación aprobó la moción del alcalde. Y en el pueblo, ya con 599 habitantes, al poco tiempo hubo una gran fiesta en la biblioteca: una nueva y también joven bibliotecaria había llegado para poder ampliar y mejorar los servicios bibliotecarios. Y los indicadores estadísticos siguieron marcando retos que llenaban de admiración a tanto político que jamás creyó en la fuerza transformadora de la biblioteca pública. Y pronto una librería abrió sus puertas y los índices de lectura de prensa del municipio asombraban a los expertos de la universidad regional que esos días hacían un estudio sobre hábitos de promoción lectora. Y en sus conclusiones una frase llenaba de interrogantes a quienes todavía no estaban convencidos del papel esencial de la biblioteca en la comunidad: “Promover lectores, hacer lectores, es sinónimo de hacer personas, de educar de forma permanente. Y para esta tarea, no bastan los Planes nacionales o regionales de Lectura; son inútiles las costosas campañas publicitarias en medios de comunicación. La lectura debe de nacer en el corazón, y para que ese hábito sea permanente y genere el placer de leer, ningún instrumento mejor que la biblioteca pública. La biblioteca es el corazón de la lectura.”·

            Pero ni el Presidente, ni el nuevo ministro de Cultura, ni la Federación de Municipios y Provincias, ni el Director General del Libro y Bibliotecas del Gobierno de España escucharon ese clamor que se extendía por pueblos y ciudades de todo el país: “La biblioteca pública es el corazón de la lectura”. Y siguieron sin legislar para que leer fuera un derecho de todos, para que las bibliotecas estuvieran en la vida de todas las personas. De todos los pueblos. De todas las regiones. Sin desigualdades.

            Mientras tanto, en los Montes de Toledo, un pueblo significaba y representaba  el mejor ejemplo de fusión de la biblioteca con la comunidad local. Y Genaro, el alcalde, y Matías, el bibliotecario, comenzaron su labor de apóstoles de la lectura y las bibliotecas: eran llamados a Congresos, Jornadas Técnicas, Ferias del Libro e incluso al Parlamento regional para que contaran su experiencia bibliotecaria. Son los nuevos sembradores de semillas lectoras que generan en la sociedad frescas esperanzas. Y siempre terminan su intervención con una frase que un grupo de bibliotecarios pronunció hace varios años con emocionada pasión: “Una biblioteca es como una estrella en su municipio. Por eso,  nos consideramos sembradores de estrellas”. Y sienten que, en esta carrera de relevos a favor de la biblioteca y la lectura, ellos han cogido el testigo.



* Escrito en septiembre de 2007, fue publicado en Noticias Toledo. Año II, núm. 40 (28-9-2007), p. 2.   

viernes, 1 de julio de 2005

Monólogo de Mateo Gómez



En el verano del año 2005 nació Mateo Gómez, un personaje de ficción que el autor creó para expresar públicamente sus ideas y, mezclando de nuevo la realidad con la ficción, expresar los sueños por los que venía luchando desde hacía décadas en el ámbito de las bibliotecas públicas.  Apareció por vez primera en el relato Monólogo de Mateo Gómez. En este inicial  texto, Mateo Gómez recorre durante el año 2005 los municipios de Castilla-La Mancha por encargo del Presidente del Gobierno y de la Defensora del Pueblo de esta Comunidad.  Aunque el informe que elaboró no se hizo público, el cuento aporta una reflexión literaria sobre lo que fue y significó el recorrido de este bibliotecario por tierras y lugares de Castilla-La Mancha. En otros momentos vendrán otras intervenciones de este bibliotecario imaginado...



Monólogo de Mateo Gómez*

I.

            Ha entrado la noche. Mis ojos están enrojecidos de cansancio y mi frente se ha topado en varias ocasiones, por el sueño que me vence, con la pantalla del ordenador. Mañana continuaré, como Don Quijote, recorriendo caminos y ciudades. Y seguiré manteniendo en mi cabeza aquellas dos ideas que el  Señor Don Quijote pronunció y que a mí hoy me saben a programa, a ideario, a reto utópico: la misma justicia para todos, deshaciendo los entuertos que impiden el logro de esa justicia.

            Porque ¿cuál es la razón que impide que todos los ciudadanos puedan disfrutar de servicios bibliotecarios?, ¿qué poderoso gigante estimula que se agrande la brecha digital, que las diferencias entre unas y otras regiones, entre unos y oros ciudadanos, aumenten a la hora de acceder al libro, la lectura y la información?

            Y, como telón de fondo, una pregunta se introduce en mi cabeza y en mi corazón y  no me deja descansar: ¿servirá de algo mi itinerario por estas tierras de Castilla-La Mancha?, ¿serán tenidas en cuenta mis observaciones, mis recomendaciones y propuestas  sobre la situación de las bibliotecas de la Comunidad Autónoma?

            Hoy ha sido un día repleto de emociones. En este pequeño pueblo toledano he coincidido con unos sorprendentes viajeros que me han ayudado a reflexionar sobre mi misión y sobre el contenido de mi informe…



II.



Todavía resuena dentro de mí aquel grito estridente, pero armonioso, del Caballero andante:

- ¡La misma justicia para todos!

Había leído infinidad de veces esta idea de Don Quijote, pero esta calurosa mañana de la primavera del 2005 me supo a nueva, a tremendamente actual, y con tanta fuerza que no he conseguido desalojarla de mi cerebro.  Eran geniales aquellos estrafalarios intérpretes de Don Quijote y Sancho Panza. ¿La Recua, se llamaba el colectivo teatral? Creo que sí. Repetían, como un viejo disco de vinilo rayado, dos de las ideas emergentes de la obra universal de Cervantes: “Desfacer entuertos” y “Justicia para todos”.  Esa casi veraniega mañana, en un pueblo de Toledo,  parecía que habíamos entrado en el túnel de la historia y que estábamos en el tiempo del Quijote. En la plaza, junto a la iglesia, en las calles saltaba la sorpresa, y los diálogos entre Quijote y Sancho salpicaban el aire cálido y seco. Y era muy visible la expectación  que en niños y mayores arrancaban aquellos personajes nacidos en la literatura y trasportados siglo a siglo a la historia, como modelos de idealismo y realismo y todavía cargados de futuro.

A estas alturas del año, repleto en todo el país, y singularmente en nuestra región, de celebraciones relacionadas con la efemérides de la publicación del IV Centenario del Quijote, todo el mundo relacionaba el evento que esa mañana contemplábamos con ese logotipo de las aspas del molino manchego que llenaba las páginas e imágenes de publicidad de las más importantes instituciones y empresas del país. Pero, aun así, ver, sobre todo, esos ojos chispeantes y sorprendidos de los niños era suficiente para dar por bienvenida y bien financiada esta representación callejera. Una actuación que sin duda había roto la monotonía matinal que cualquier día del año caracteriza la vida de este pequeño pueblo. Especialmente causaba sorpresa, inquietud incluso,  la cabeza de Don Quijote, ensangrentada y malherida, reflejo de los avatares de sus aventuras. Viéndoles alejarse, bien podríamos recitar los versos de  León Felipe:

Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar.

Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,

 y va ocioso el caballero sin peto y sin espaldar,

va cargado de amargura,

que allá encontró sepultura

su amoroso batallar.



Por la manchega llanura

se vuelve a ver la figura

de Don Quijote pasar.

Va cargado de amargura,

va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.

¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura

en horas de desaliento así te miro pasar!

¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura

y llévame a tu lugar;

hazme un sitio en tu montura,

caballero derrotado,

hazme un sitio en tu montura,

que yo también voy cargado

de amargura

y no puedo batallar!



Sí, inevitablemente yo, Mateo Gómez, también me sentía esa mañana derrotado, cansado, comprobando en mí mismo qué largo es el camino, y qué áspero;  y tal vez a punto, como León Felipe, de cobijarme bajo la sombra de un árbol –da igual un ciprés que un álamo- donde pueda conseguir el descanso, el sosiego que los acontecimientos de los últimos meses me hurtaban. ¿Ya no puedo batallar?, me preguntaba insistentemente. Y cantaba en silencio, en mi interior,  estos versos con la melodía que en los años setenta compuso Paco Ibáñez. Era una imagen tal vez excesivamente derrotista la que ofrecía el poeta sobre Don Quijote en estos versos, pero sin duda así debió sentirse en tantas ocasiones, en tantas derrotas, en tantas batallas perdidas…Porque esas dos ideas-fuerza emergían de nuevo, y me llenaban de razón. Y otra vez hacía acopio de esperanza. Desfacer entuertos y la misma justicia para todos…Y ambas frases se me quedaban revoloteando por mi mente…



III

Se ha hecho el silencio. Ya no hay gentes en las calles en esa mañana tórrida. Don Quijote y Sancho, La Recua,  abandonaron ya la localidad. En mi imaginación les veo ahora distintos, nuevamente pletóricos, llenos de vida, deseosos de seguir luchando, sin heridas ni en cuerpo ni en alma, portadores de esperanzas y anhelos de justicia. ¿Dónde estarán ya? ¿Fueron sólo unos intérpretes? ¿Llegó a este pueblo sólo la farándula o fue realmente el espíritu de Don Quijote y Sancho quien cabalgó esta mañana por estas calles castellanas?

Todavía me queda trabajo. ¿Tal vez un año? Llevo ya recorridos 355 municipios. Aquí, en este mismo  municipio, estuvo hace cien años Adolfo Alvarez Buylla, comisionado por el naciente Instituto de Reformas Sociales,  como en tantos pueblos de las dos Castillas, para elaborar una Memoria sobre la realidad agraria y social de los pueblos castellanos en aquellos comienzos del siglo XX. Todavía impresiona leer esas páginas llenas de realismo y crudeza. También hubo un bibliotecario, Juan Vicens, que en tiempos de la II República recorrió más de un centenar de pueblos españoles en calidad de  inspector de las bibliotecas de Misiones Pedagógicas y de las Juntas Municipales creadas por la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros. También en nuestros años, en distintas regiones, hay profesionales que se dedican a una labor de apoyo e inspección de las bibliotecas públicas, aunque su labor sea muy anónima y no se convierta en noticia.

Yo también soy un comisionado. Un anónimo enviado del Gobierno autonómico. Es verdad que no soy un clandestino, pero se intenta que mi presencia pase lo más desapercibida posible ante la opinión pública. Tal vez para no politizar la cuestión. La Defensora del Pueblo quiere conocer en profundidad la situación de las bibliotecas públicas de la región. En realidad, pienso que es el propio Presidente quien ha lanzado este reto. Le preguntaban continuamente qué quería que permanezca de este año mítico del IV Centenario. Y decía que una estupenda Red de Bibliotecas que sirviese de espejo, de ejemplo, para todo el país. Luego han surgido las críticas procedentes de tantos municipios porque parecía que el edificio bibliotecario regional se resquebrajaba…No todos los políticos tienen la misma sensibilidad hacia este servicio público que es la biblioteca, pero era muy llamativo que precisamente se paralizasen proyectos y se rebajasen los presupuestos regionales  coincidiendo con un momento histórico de reforzamiento teórico de las políticas de lectura en la Comunidad Autónoma….

Leo y escucho a menudo otra idea: ningún ciudadano puede sufrir discriminación por razón del territorio, de la ciudad o pueblo, donde le ha tocado vivir. Y el propio Presidente lo reitera en muchas de sus intervenciones. Concretamente, en política bibliotecaria, se venía trabajando en esa línea: conseguir que todas las personas tengan acceso a servicios bibliotecarios de calidad y de última generación, como puerta de entrada a la Sociedad de la Información y el Conocimiento. En realidad es la  primera idea de Don Quijote: la misma justicia para todos. Y si no existe esa misma justicia, si todos los ciudadanos no tienen acceso a la biblioteca pública, hay que desfacer ese entuerto y cambiar la realidad de desigualdad existente.

Creo en la sinceridad del planteamiento. Pero mis fuerzas se debilitan a medida que escucho de viva voz la problemática de cada lugar. Y rumio en silencio el informe que cada noche, al descansar en la última localidad visitada, redacto. He prometido no adelantar aspecto alguno sobre los contenidos del informe. Es verdad que la Administración elabora y publica muchos y buenos datos sobre la situación bibliotecaria  regional. Pero éste es un informe confidencial  que sólo entregaré a dos altos destinatarios: el Presidente y la Defensora del Pueblo. Ni siquiera en estas cuartillas que, como un desahogo, escribo hoy, quiero revelar noticia alguna.



IV.

Estoy hablando con bibliotecarios, con alcaldes y concejales, a veces con usuarios a los que me presento como un forastero e inicio conversaciones que me ayuden a conocer mejor la realidad. Es un informe científico, pero está lleno de diálogos, de frases que recojo, de visiones que mis ojos captan. No me siento un arbitrista, pero a veces tengo la sensación de estar escribiendo como aquellos arbitristas del siglo XVII que exponían al Rey sus preocupaciones sociales y económicas. En los municipios que carecen de todo servicio bibliotecario me resulta especialmente complejo aparecer allí, conocer planteamientos y posibilidades y marcharme sin levantar expectativas pero al mismo tiempo sin generar desesperanzas. Especialmente dramático me ha resultado el viaje por las comarcas de Cuenca y Guadalajara que ya he visitado, y que contienen buena parte de los municipios sin servicios bibliotecarios. Y tal vez todo el peso, o la responsabilidad, empieza a hacer mella en mí y comienzo a preguntarme si merecerá la pena este esfuerzo. Si realmente el análisis y recomendaciones que formulo serán después tenidas en cuenta.

A veces me ha venido un grupo de niños. Y con sus grafías todavía en formación me han escrito en un papel: “Don Mateo: No queremos que la biblioteca vuelva a cerrarse. Ésta es nuestra casa. Es la casa de los libros para todos”. A veces han hecho un dibujo lleno de color, que es un cántico de esperanza, y que a mí me retorna a toda la dimensión del arco iris, a una vida más llena de mensajes vitales, en la que la sociedad tiene un papel menos pasivo y lucha por cambiar lo negativo, por conseguir los sueños y los retos que merecen la pena. En esas ocasiones me he preguntado. ¿Y por qué vienen a mí, si yo hago mi labor en silencio? Y entonces veo la mano del bibliotecario o la bibliotecaria, siempre generadores de actitudes positivas; y en la sonrisa de sus ojos percibo la complicidad que le llevó a delatar mi presencia.

No estoy desilusionado ni desesperanzado, pero sí abrumado. La existencia de una amplia red de bibliotecas, el esfuerzo que se viene realizando desde hace décadas, las luces en suma que alumbran esta realidad, conviven con las carencias, las debilidades del servicio en tantos lugares, las inquietudes de los profesionales, y todo el camino que resta para conseguir una verdadera red integrada de servicios. Tanta información, tantas imágenes no sólo se plasman en el trabajo que cada día realizo en mi portátil. Se quedan en mi interior, en mi cabeza, y también en mi corazón. Según voy recorriendo las carreteras y llego a nuevos pueblos, imposible eludir el recuerdo de tantas experiencias, de tantas confidencias, de tantas frustraciones, de tantos sueños en marcha….Pero al llegar, nuevos datos, nuevas sensaciones hacen que en el disco duro de mi cerebro tengo que dejar hueco a nuevas informaciones, y que tenga, al menos momentáneamente, que archivar las historias que venía recordando mientras conducía mi vehículo.

Sin duda estoy viviendo una experiencia única, irrepetible, enriquecedora. Pero día a día los kilómetros, mezclados con la frecuente dura realidad que percibo o me cuentan, crean en mí una sensación de comisionado al borde del límite, interrogado por la duda de si podré culminar el trabajo emprendido y que me ha sido encargado seguramente por mi condición de experto. Seguramente soy un privilegiado que no valora en su justa medida la posibilidad de aportar un informe que pueda definitivamente propiciar unas iniciativas legales y programáticas que sitúen a nuestra tierra en una posición destacada en el conjunto español en cuanto a servicios bibliotecarios.



V.



            Amanece. Abandono el pequeño hostal que me ha servido como lugar de descanso y de reflexión sobre las ideas y sensaciones que ayer me salpicaron en esta pequeña localidad. De repente mis ojos reparan en un titular del periódico La Tribuna de Toledo.  Recoge información sobre un encuentro científico  de bibliotecarios. “Sembradores de estrellas”, es el titular; y un subtítulo aclara la temática del texto periodístico: “La lenta travesía de las bibliotecas públicas de la región”.

            Se refiere a la intervención de un grupo de profesionales en ese Congreso. En Castilla-La Mancha ha habido verdaderos sembradores de estrellas, personas que han luchado para conseguir que el servicio de biblioteca pública se desarrollase cuantitativa y cualitativamente en la región. Proclaman sus autores que cada una de estas bibliotecas es como una estrella para su municipio, aunque a veces todavía tenga una débil luz porque sus colecciones bibliográficas o multimedia, sus servicios, la propia situación del bibliotecario o la proyección de la biblioteca en su comunidad no sean representativos de un servicio público tan estratégico e importante como es la biblioteca pública. Pero, continúan diciendo,  potencialmente estamos ante una verdadera constelación de estrellas,  un conjunto de servicios bibliotecarios que convierte a Castilla-La Mancha en un referente para el conjunto del país, 515 bibliotecas llamadas a convertirse en una red de servicios integrados que ofrezcan a la sociedad regional los beneficios de la Sociedad de la Información y del Conocimiento de forma gratuita y democrática.

            Resulta hermoso. Sé que lo han dicho convencidos del avance, que yo percibo también; pero veo en mi recorrido por las tierras, ciudades y pueblos de Castilla-La Mancha cuántas sombras impiden que esas estrellas, que esas más de quinientas bibliotecas alumbren con una luz potente y constante.

            Me alegra que existan personas que creen en la fuerza democratizadora y transformadora de la biblioteca pública. Ellos son los aliados de la biblioteca. Frente a políticos que se convierten en una amenaza para las bibliotecas, profesionales que cogen la bandera de la biblioteca y, como nuevos quijotes, proclaman que la biblioteca pública es un derecho de todos los ciudadanos.

            Cojo mi equipaje y el maletín que guarda el portátil  que me sirve cada noche de lugar de encuentros para verter experiencias, crónicas, opiniones y propuestas. Ayer, Don Quijote y Sancho partieron de este pueblo con esa imagen de vencidos. Ahora, la prensa  me otorga ingredientes para marchar a nuevos lugares cargado de esperanza. En los pueblos de Toledo ya va quedando poco trabajo. Pronto entraré en el corazón de La Mancha, y entonces, como el estrafalario caballero andante, proclamaré al viento: “¡La misma justicia para todos!”. Es decir: ¡Servicios bibliotecarios para todos!



* Escrito en el verano de 2005. Publicado en mi libros Combates por la biblioteca pública en España (2006) y En defensa de la biblioteca pública (2012).