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lunes, 18 de junio de 2018

¿Qué ocurre en las bibliotecas públicas de Andalucía?


¿Qué ocurre en las bibliotecas públicas de Andalucía?


Madrugó Andalucía para dotarse de una legislación bibliotecaria para la región. El Parlamento de Andalucía aprobó la Ley 8/1983, de 3 de noviembre, de Bibliotecas, mediante la cual se establecieron los principios generales que habrían de regir la política bibliotecaria.
Y en los inicios del siglo XXI se aprobó una nueva Ley, que yo llamo de “segunda generación”: la Ley 16/2003, de 22 de diciembre, del Sistema Andaluz de Bibliotecas y Centros de Documentación. En la exposición de motivos de esta Ley se dice que  la aplicación  de la primera “ha permitido durante estos casi cuatro lustros modificar la realidad de los servicios bibliotecarios en Andalucía, al compás del cambio social y tecnológico que se ha ido produciendo”. Y el segundo párrafo de la nueva Ley resulta esperanzador: “Desde la promulgación de la citada Ley, la extensión de la educación formal y la generalización del acceso a los medios de comunicación han hecho de la cultura un concepto menos reverencial y más libre y, al propio tiempo, la sociedad andaluza ha incrementado su demanda en cuanto a calidad de vida y a la prestación de servicios. Las recientes tecnologías abren nuevas posibilidades para satisfacer tal demanda a través de los servicios bibliotecarios, poniendo al alcance de la mano el viejo deseo del Plan de María Moliner en la Segunda República Española: que cualquier ciudadano en cualquier lugar pueda disponer de cualquier registro cultural o de información.”
Pero no sería oro todo lo que relucía según los gobernantes y parlamentarios andaluces. Pues poco antes, en diciembre del año 2000, el Defensor del Pueblo Andaluz,  prestigiosa institución,  proclamó en un informe sobre las Bibliotecas Públicas Municipales de Andalucía el derecho de todos a acceder a la cultura. Lo hacía precisamente tomando como base el artículo 44.1 de la Constitución Española de 1978: “Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho”. Ese Informe Especial al Parlamento  fue un fuerte detonante sobre la situación de las bibliotecas públicas en Andalucía y, en general, en España y reflejaba dramáticamente la desigual situación de este servicio público, demasiadas veces todavía obsoleto y con precariedad de  personal, débiles presupuestos y colecciones y en muchos casos con falta de estabilidad y penetración social. El estudio se realizó en una franja de población (localidades de más de 5.000 habitantes) que tiene legalmente, por la Ley de Bases de Régimen Local, obligación de crear y mantener el servicio de biblioteca pública.
            La denuncia del Defensor del Pueblo Andaluz no encontró demasiado eco ni sirvió de estímulo para que desde Instituciones similares se luchase por resolver  este problema histórico en España.  Nos queda ese espléndido informe así como el historial de los debates y las estadísticas que sirvieron de base para ese informe único, que yo personalmente agradecí y agradezco.  En este enlace del Defensor del Pueblo podemos descargarnos el informe y acceder a toda la información.
Dos décadas después, la Asociación Andaluza de Bibliotecarios inicia una campaña para concienciar a la sociedad y especialmente a las Administraciones Públicas de Andalucía sobre la precariedad laboral y el olvido del personal de Bibliotecas. Recuerda la Asociación que “Las Bibliotecas garantizan el acceso público y sin discriminación alguna a la información (Objetivo de Desarrollo del Milenio de la Agenda 2030 de la ONU) y ayudan a la población a su uso y transformación en conocimiento. Un papel necesario y fundamental para la sociedad democrática actual. En ellas se interactúa, se aprende y se ejerce una función social importante, siendo en la mayoría de los casos único foco cultural de su municipio. A su cargo están bibliotecarias y bibliotecarios con contratos precarios y con cualificaciones profesionales inferiores a las funciones que desempeñan.” Y se dirigen especialmente a la Federación Andaluza de Municipios y Provincias y a los ayuntamientos de esta comunidad autónoma, pidiéndoles que se adhieran a las “Recomendaciones para el personal de las bibliotecas de la Red de Bibliotecas Públicas de Andalucía, según el Artículo 26 de la Ley 16/2003….”
Imagino la cara de sorpresa de los políticos andaluces, felices y contentos por la legislación y los programas que tienen. Pero la realidad es otra. No pongo en duda la vitalidad de las bibliotecas andaluzas y desde luego conozco la entrega y la profesionalidad de los bibliotecarios y bibliotecarias de Andalucía. Pero la situación en la que desarrollan su labor no es envidiable. De hecho, los datos estadísticos reflejan nítidamente la triste situación bibliotecaria de Andalucía. Y la responsabilidad no es sólo de los ayuntamientos: la Junta de Andalucía y las Diputaciones Provinciales tienen buena parte de culpa en la situación de las bibliotecas públicas andaluzas.
Con una población de 8,3 millones de habitantes, Andalucía cuenta con 806 bibliotecas públicas y un número de visitas de 13,1 millones. Datos que deslumbran. Pero si analizamos al detalle la situación y, sobre todo, si la comparamos con otras regiones, el mundo se nos viene encima. Veamos algunos ejemplos: el gasto total conjunto de las Administraciones Públicas en las bibliotecas de Andalucía fue de 48,3 millones de euros. Ello significa que el gasto corriente por habitante era en ese año de 5,76 €, de los más bajos de España. El gasto medio en el conjunto de España fue de 9,45 € y sólo era más bajo que en Andalucía en Canarias (5,27 €) y Murcia (5,34. €). Las bibliotecas son servicios públicos y lógicamente necesitan recursos para actualizar la colección, realizar actividades, retribuciones del  personal…
Los datos relativos a la colección también son manifiestamente mejorables. Con un total de 10,6 millones de documentos (libros, audiovisuales, publicaciones periódicas…), la media por habitantes en Andalucía era sólo de 1,27, cuando la media española es de 1,85 documentos. Este dato sitúa a la comunidad andaluza en el tercer lugar por la cola, sólo mejor que Madrid (1,22) y Canarias (1,15). Pero lo más lamentable es que no se ve una evolución positiva: el gasto de adquisición bibliográfica por habitante, en 2015 era de sólo 0,15 €, el más bajo de todas las comunidades autónomas, cuando en 2011 era de 0,28 €. La media nacional es de 0,63 € por habitante.
Probablemente la falta de recursos está incidiendo en los bajos índices de socios de las bibliotecas andaluzas. Tienen tarjeta de socio sólo el 25,39% de la población, ocupando en este indicador Andalucía también los últimos lugares (el tercero por la cola). Con una media nacional del 36,23%, Andalucía sólo aventaja a  Canarias (17,98 %) y a  Cantabria  (22,16 %).
En cuanto a espacios, si cogemos el indicador “Superficie útil bibliotecaria (m²) por 1.000 habitantes”, con una   media nacional de 34,  Andalucía  está también en el furgón de cola, con 26  m2, sólo por delante de Canarias (21 m2) y  Baleares (22 m2)
Un poco mejor parada sale Andalucía en el indicador “Actividades organizadas por las bibliotecas por 1.000 habitantes”. Con una media nacional de 4,64 Andalucía figura con 3,88, por delante de las siguientes comunidades: Canarias (1,65),  La rioja (2,15),  Murcia (2,25), Madrid (2,26),   País vasco (2,45), Baleares (2,57) y  Cantabria (2,87). Pero desde luego muy lejos de las bibliotecas de Castilla-La Mancha, que tienen el indicador más alto de España  (17,16   actividades por 1.000 habitantes).
Y llegamos a la encrucijada: el personal. La estadística de 2015 recoge que en las bibliotecas públicas de Andalucía trabajan 1.783, con la siguiente distribución: profesionales 355, auxiliares 927, personal especializado 92 y otro personal 409). Pero si hacemos este dato equivalente en Personal ETC  (jornada completa) se rebaja a 1.465 trabajadores. No voy ahora a realizar un estudio ni a compararlo con las recomendaciones de la Ley de Bibliotecas de 2003, pero es evidente, que como en la mayoría de las regiones, se utiliza a personal altamente cualificado con un contrato de inferior categoría, incluso en las bibliotecas en las que es el único bibliotecario. Hay otro dato muy significativo: Mientras que la media nacional de habitantes por trabajador ETC es de 4.365, en Andalucía hay un trabajador ETC por cada 5.723 habitantes, figurando de nuevo en el tercer lugar por la cola de todas las comunidades autónomas. Sólo Baleares, con 6.056, y Canarias, con 6.332 tienen peor indicador que Andalucía.
                No entro a analizar las condiciones profesionales de buena parte de estos trabajadores, que sé que en muchísimos casos son muy deficientes, pero lo que está claro es que hay que afrontar de una vez esta situación. El personal es el verdadero corazón de una biblioteca pública, junto con los usuarios; pero para realizar su trabajo no sólo requiere recursos: también precisa de una situación que le permita desarrollar su actividad en unas condiciones que le muestren que la comunidad local valora su trabajo y le trata con la dignidad que indican las legislaciones y precisa este servicio público esencial que es una biblioteca.
            Puede consultarse la estadística  Las bibliotecas españolas en cifras, en el enlace:
            ¿Qué ocurre en las bibliotecas públicas de Andalucía? Los datos son preocupantes y reflejan que la política bibliotecaria de la Junta de Andalucía no está siendo la adecuada y que las palabras que utilizaron en la introducción de la Ley de Bibliotecas, con esa magnífica alusión a María Moliner, no se compadecen con la realidad. Pero, con ser esta realidad preocupante, no puedo olvidarme de los dos centenares de municipios andaluces que no tienen biblioteca y que tampoco reciben los servicios de un bibliobús. Son 211.985 habitantes que carecen de servicios bibliotecarios y que, consiguientemente, no tienen acceso a un derecho de tenemos todos los españoles.


martes, 10 de abril de 2018

¿Una tabla de salvación para invertir en bibliotecas municipales?


¿Una tabla de salvación para invertir en bibliotecas municipales?

He criticado hasta la saciedad la  brecha que existe en el desarrollo de los servicios bibliotecarios en  nuestro país. A falta de  una política de Estado en materia de bibliotecas públicas y de una legislación nacional que señale los servicios bibliotecarios que deben prestar los municipios españoles de acuerdo a sus características y población, España presenta un grave mosaico de desigualdad. Uno de los aspectos más notables son los espacios, sobre los que ahora hablamos frecuentemente por la necesidad de adaptar las bibliotecas a las nuevas funciones sociales, educativas, informativas y culturales que realizan y que precisan de actuaciones que piensen en la presencia de los ciudadanos en nuestros centros.
Los indicadores clásicos de los espacios bibliotecarios (“Superficie útil bibliotecaria  por biblioteca”, “Puestos de lectura por 1.000 habitantes”, “Superficie útil bibliotecaria por 1.000 habitantes” y otros)  proporcionados por la Estadística de Bibliotecas elaborada por el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes en colaboración con las comunidades autónomas, reflejan nítidamente las enormes diferencias entre unas y otras regiones o incluso entre provincias y localidades de una misma comunidad. Pero la situación se agrava porque la mayoría de las regiones no cuenta con  planes de infraestructuras bibliotecarias. La Ley Orgánica 2/2012, de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera, estableció que el superávit alcanzado por las distintas administraciones públicas debía destinarse a la reducción del nivel de endeudamiento neto. Esa norma, unida a la gravísima crisis económica, fue una buena excusa para  paralizar hace más de un quinquenio las inversiones en nuevas bibliotecas o en la ampliación, remodelación o modernización de las bibliotecas existentes, especialmente de las municipales.
Es verdad que en muchas ciudades se inauguraron nuevas bibliotecas, pero en general se ha producido un estancamiento considerable. Junto a nuevas bibliotecas, con espacios bibliotecarios magníficos y algunas  remodelaciones y reformas para adecuar bibliotecas a las nuevas necesidades, la mayoría de las bibliotecas españolas han vivido una parálisis. Las cifras son elocuentes: si en el año 2011 el conjunto de Administraciones Públicas dedicó a programas inversores de bibliotecas 120,9 millones de euros, en 2015 esa inversión fue de sólo 56 millones de euros: ¡un descenso del 54%! Los gobiernos regionales ralentizaron su apoyo presupuestario a las bibliotecas y los ayuntamientos, siempre con dificultades financieras, encontraron una buena coartada en la normativa presupuestaria para no invertir en bibliotecas.
La mayoría de los municipios españoles han intentado sobrevivir a la crisis con edificios bibliotecarios que a muchas veces no cuentan con las más imprescindibles instalaciones o que resultan inadecuadas a los nuevos usos de los usuarios. Con motivo del VIII Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas pedí que en sus  conclusiones se planteara la necesidad de  un Plan Nacional de infraestructuras bibliotecarias realizado con la coordinación y la cooperación del conjunto de Administraciones Públicas. Pero el Ministerio no estás dispuesto a desarrollar una iniciativa política de mejorar las redes bibliotecarias de nuestro país. Tampoco parece factible que el Consejo de Cooperación Bibliotecaria asuma entre sus objetivos impulsar estrategias que permitan  desarrollar en España la modernización y adaptación a nuevas funciones de los edificios bibliotecarios.
Por ello, en un país en el nadie parece dispuesto a liderar fórmulas que permitan disminuir la brecha en los espacios bibliotecarios, la decisión del ministro Montoro no deja de ser una buena noticia. La aprobación en el Consejo de Ministros del 23 de marzo de 2018 del Real Decreto que permite a los ayuntamientos la inversión de sus superávits presupuestarios en una serie de servicios públicos dejará sin coartadas a los políticos municipales. Las inversiones no sólo pueden dedicarse a seguridad, ordenación del tráfico, prevención de incendios, vías públicas y carreteras, parques y jardines, asistencia social, creación de centros docentes…. También se citan expresamente las bibliotecas y archivos y en general los equipamientos culturales, así como la protección del patrimonio histórico y las instalaciones deportivas.
En definitiva, con la normativa aprobada por el Gobierno de España se habilita a los ayuntamiento a que arranquen con sus actuaciones inversoras y puedan ejecutarlas hasta abril de 2019, cuando se convoquen las elecciones municipales, tal y como se estableció entre Hacienda y la Federación Española de Municipios y Provincias. Según señala el propio Gobierno tenemos ahora las circunstancias que conducen “a la aprobación de la prórroga de la norma que permite a las Corporaciones Locales destinar su superávit a realizar inversiones financieramente sostenibles.”
Las bibliotecas no sólo son sostenibles sino totalmente imprescindibles en nuestra sociedad. Por ello, los profesionales debemos insistir ante los políticos municipales en la oportunidad que se abre ahora para hacer esas pequeñas o no tan pequeñas inversiones que nuestras ciudades necesitan. ¿Es este Real Decreto una tabla de salvación para invertir en bibliotecas municipales? El tiempo lo dirá… Pero, desde luego, los profesionales debemos apoyarnos en esta iniciativa legal del Gobierno de España para recordar a los políticos locales que las bibliotecas también existen y precisan inversiones para hacerlas más atractivas, cercanas y creativas.

jueves, 15 de marzo de 2018

Los toledanos pueden esperar


Los toledanos pueden esperar

¡Me encanta el Ayuntamiento de Toledo! Cuando Zocodover, corazón de la ciudad, se pone de obra, siempre queda Gerardo Lobo. Esta calle, en la zona baja del Miradero, con entrada por la “Bola del Miradero” y el propio aparcamiento, toma su nombre del militar y poeta monteño Eugenio Gerardo Lobo Huerta, conocido también como el capitán coplero, nacido en Cuerva, Toledo, en 1679  y fallecido en Barcelona en 1750.  A pesar de haber nacido en una localidad toledana, probablemente para la mayoría de los toledanos, sobre todo en estos días, Gerardo Lobo es donde el Ayuntamiento ha vuelvo a situar las paradas de salida y entrada de las líneas urbanas de autobús. ¡Es magnífico lo que hace el Ayuntamiento para que los toledanos conozcan a los personajes de su historia! Un lugar apartado y oscuro recupera el brillo de su historia por las decisiones municipales.
Claro que la campaña pedagógica de difusión de este autor se está volviendo en contra. Gerardo Lobo es hoy un lugar maldito al que los toledanos tienen que acudir de la mejor forma que puedan para coger el autobús o para acceder a Zocodover desde cualquier barrio. Lo compruebo esta noche. Diluvia en Toledo y en Gerardo Lobo hay una ristra de autobuses adormecidos, esperando que les llegue el turno de situarse frente al lugar de salida.  A veces el autobús deja a los pasajeros en zona lejana al punto de llegada y las gentes dudan entre subir a Zocodover por la Bola del Miradero o hacerlo por el acceso al remonte mecánico. Es elegir entre lo malo y lo peor. Personas de todas las edades dan vida al paraje: ancianos, madres con niños en su carrito, simples ciudadanos…se disponen a subir la treintena de peldaños hasta llegar a la zona de los remontes, siempre tan inestables. ¡Y que luego funcionen todas las escaleras! Se nos llena la boca de accesibilidad, de eliminar barreras, pero en una acción necesaria de movilidad como es utilizar los autobuses, obligamos a los ciudadanos a hacer un recorrido verdaderamente dantesco, sobre todo por la noche y con lluvia, pero perverso siempre. Claro que al final, tendrán premio: otros cuantos escalones que tendrán que afrontar para salir definitivamente del Miradero y llegar a la calle Armas y luego a Zocodover. El recorrido inverso no es más cómodo…
Llueve en Toledo, a cántaros. La lluvia es una bendición y nos da esperanza. Pero, mientras que los soportales de Zocodover están vacíos, en Gerardo Lobo no se instaló ninguna marquesina que proteja a los ciudadanos. ¡El cielo puede esperar! Total será un mes. ¡Esa gran obra de ingeniería  que es hacer accesible el paso de peatones entre los soportales de Zocodover y la propia plaza bien merece el sacrificio de los toledanos! La plaza lleva en obras desde que pasaron las festividades navideñas. Antes se hizo una iluminación artística que al parecer va a ser inaugurada el 22 de marzo. Por cierto ahora la fachada brillará con más esplendor. Pero se trataba de poner bombillas no de tratar la fachada; y así se quedó la zona del reloj de Zocodover lleno de desconchones y grietas. Son intervenciones integrales… Ahora damos luz a esas fachadas de Zocodover y como quedarán a descubierto otras necesidades ya tendremos otro motivo para hacer un nuevo expediente de gasto municipal.  Pero volvemos a la plaza: se talaron árboles, se levantaron viejas losas de piedra, se plantaron delgados almeces, se quitaron luego porque no daban la talla, se agrandaron y disminuyeron los alcorques, volvieron a plantarse otros almeces… Y por fin llegó el turno a la obra faraónica de algunos metros cuadrados en el paso de peatones…. El Ayuntamiento anunció a bombo y platillo que Zocodover se cortaba al tráfico tres semanas. Como ocurre en toda obra pública, la cosa ha ido despacio. El corte originaba muchos trastornos pero especialmente complicaba a quienes son usuarios del servicio público de autobuses. Una obra de este tipo debería hacerse en varios días, pero el pliego de condiciones se hace pensando –quiero creer- en economizar y no en quitar inconvenientes a los ciudadanos, a la ciudad…Todos hemos comprobado los muchos momentos en los que en la zona no se trabajaba. Claro que podemos echar la culpa a las inclemencias meteorológicas. Cuando las cosas no se hacen bien, siempre podemos encontrar culpables…
Pero las sorpresas nunca vienen solas. El paso de peatones lleva terminado días y Zocodover no se abre al tráfico. Las malas lenguas dicen que como la iluminación se inaugura oficialmente el jueves 22 de marzo, el acto será completo. ¡A mayor gloria de los munícipes! Toledo va a tener una plaza de Zocodover con árboles vigorosos y de talla adecuada, se han eliminado las desigualdades de las losas de piedra, un mejor acceso pensando en todas las personas y una fachada de la zona de la Delegación del Gobierno y resto de viviendas tan plenas de luz que serán el elogio general del mundo.
Acabo de contactar con UNAUTO. Me indican que el Ayuntamiento les ha advertido que les avisará un día antes de que las paradas de autobús vuelvan a Zocodover. “Probablemente el día 22”, me dicen… Tengo la tentación de escribir el discurso que ese día pronunciará la autoridad pertinente. Seguro que acertaré en las ideas y casi en las palabras que utilizará: Toledo mejora un poco más, se ha pensado en los ciudadanos, tenemos un casco tan hermoso y tan iluminado que somos la envidia de occidente…
Por cierto, los autobuses turísticos han seguido accediendo a traer a los turistas a sus hoteles. Otros viajeros, como los que vienen en AVE, y que cogen autobuses a la estación en Zocodover, tuvieron menos suerte y también son obligados a conocer ese rincón toledano que es Gerardo Lobo, haciendo honor a su apellido, un verdadero “lobo” para los ciudadanos sencillos que tienen la necesidad de utilizar el servicio público de transporte.
No es el primer corte de tráfico de Zocodover. Ni será el último. Pero, quienes tienen responsabilidades ¿buscarán otras fórmulas que originen menos problemas a la gente? ¿No hay otras soluciones? Sabemos que Toledo tiene una cierta complejidad urbana, pero hacer las cosas tan mal y, sobre todo, con tanto olvido de los ciudadanos, no está justificado. Desde mi punto de vista, que sólo soy un ciudadano.