martes, 29 de noviembre de 1994

Desinterés por las Bibliotecas Públicas del Estado




Desinterés por las Bibliotecas Públicas del Estado.*

            En una investigación de próxima publicación sobre las políticas bibliotecarias en España, basada en el análisis de los programas electorales de los partidos políticos en las elecciones generales del período 1977‑1993, demuestro el desinterés general de la clase política española hacia la lectura pública. Pero no sólo para los políticos no son prioridad las bibliotecas: la sociedad española, en su conjunto,  con las excepciones que confirman la regla, no está suficientemente sensibilizada sobre la necesidad de acceder a la información y la cultura a través  de la biblioteca pública. Por ello, y  aunque las comparaciones son siempre odiosas, no es extraño que el pasado año nadie pusiera reparos a la adquisición por el Estado  de la colección de arte Thyssen‑Bornemisza; incluso algunos críticos destacaron la  verdadera ganga de esa compra, que supuso al Estado un gasto de 44.100 millones de pesetas, frente a los 300.000 en que valoraban la colección los especialistas. Pero, ¿podía permitirse el Estado ese lujo, considerando las todavía  tremendas lagunas de nuestro  país en infraestructura cultural, especialmente en el campo de las bibliotecas públicas? Admitiendo la importancia de esa colección, ¿alguien tuvo en cuenta si en estos momentos de crisis socioeconómica era justo destinar tan altas cantidades del presupuesto nacional a su adquisición? ¿era prioritaria para la formación de los españoles? Ya sé que son situaciones que se presentan una sola vez y que el Gobierno estaba ante una verdadera encrucijada, pero ¿dedicar esa cifra a ese patrimonio artístico no es un gesto propio del hidalgo pobre que describe El Lazarillo de Tormes? Lo cierto es que esa decisión contrasta con las cantidades destinadas por el Ministerio de Cultura a inversiones en las Bibliotecas Públicas del Estado: en el amplio período 1983‑1993, entre nuevos edificios y remodelaciones de los existentes, el total invertido ha sido de 11.686 millones de pesetas, es decir apenas un 25% de lo que el Estado gasta en las 775 obras que integran la colección. A primera vista, estos once mil millones pueden parecer una cifra muy elevada, pero cuando se sabe lo que aún falta para, al menos, dignificar la red de estas Bibliotecas y el escaso presupuesto anual del Ministerio al efecto, aterra pensar los años necesarios para poder disponer de una red de Públicas del Estado ‑la gran mayoría de ellas teórica  cabecera del correspondiente Sistema Bibliotecario Provincial‑ adecuada y que preste los servicios que la sociedad demanda o precisa.
            Estos días, paralelamente al debate de los Presupuestos del Estado para 1995, se alzan voces contra la inversión del Ministerio de Cultura en el Liceo de Barcelona, frente a las partidas previstas para rehabilitar las catedrales. Las propias autoridades hablan, por ejemplo del Museo del Prado o del Reina Sofía; pero pocas veces rompen su habitual  silencio sobre las bibliotecas. Y, desde luego, a la hora de poner reparos a los presupuestos, tampoco la oposición  muestra interés por las políticas bibliotecarias.
            ¿Por qué el Ministerio, con el apoyo solidario de todo el Gobierno, no proyecta un Plan de Bibliotecas que permita completar el programa inversor básico antes del año 2000? La respuesta es muy simple: porque las bibliotecas públicas no son prioritarias para el Gobierno español. Si no, ¿cómo  entender que en el conjunto de países integrados en la Unión Europea mantengamos esa vergonzosa penúltima posición que desde hace décadas denuncian las estadísticas europeas sobre bibliotecas públicas?
            Claro es que en este aspecto, como en otros, el Gobierno escuda su poco interés en el desinterés bastante generalizado que gran parte de la sociedad española muestra hacia las bibliotecas. Pero ello no es ni ética ni políticamente justificable. Es  sintomático, por ejemplo, que las empresas especializadas en estudios y sondeos de opinión no incluyen a las bibliotecas entre las posibles cuestiones que preocupan o interesan a los ciudadanos. Y no quiero decir que nunca son mencionadas en algún porcentaje significativo: me refiero a que, incluso, ni siquiera se incluyen como opción de respuesta, como sí se hace con el patrimonio histórico‑artístico, la educación, etc. También parece un signo el hecho de que casi nunca se produzcan demandas organizadas, por asociaciones vecinales u otros colectivos ciudadanos, solicitando de las administraciones públicas correspondientes la instalación o mejora de una biblioteca pública, al contrario de lo que ocurre en el caso de centros de salud, escuelas u otros servicios públicos.
            Claro que en los últimos años ha habido avances, pero insuficientes, sobre todo por las expectativas que el triunfo del PSOE en 1982 tuvo para el mundo de la cultura. Pero, dentro de la mala situación general, el caso de Castilla‑La Mancha es verdaderamente gravísimo. Las llamadas “Bibliotecas Públicas del Estado” (que deberían llamarse Bibliotecas Públicas Provinciales), de titularidad estatal aunque gestionadas por la Junta de Comunidades, han padecido el olvido por parte del Ministerio. Sólo la de Albacete tiene un nuevo edificio, pero, abierta en 1984, su construcción se había iniciado antes de la llegada al poder de los socialistas. Las restantes tienen unos problemas de espacio y de medios que impiden que cumplan con su misión ante la sociedad: en los actuales edificios de Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Toledo no sólo no cabe un libro; es que no es posible que se pongan en marcha servicios al público totalmente imprescindibles hoy en una biblioteca.
            Se abren, no obstante, ventanas de esperanza: la oposición ciudadana que hubo en Toledo a la división de los fondos de esta Biblioteca, y la actual lucha que una plataforma cívica plantea en Guadalajara para que la biblioteca permanezca en el emblemático Palacio del Infantado, ampliando sus espacios con la adquisición de un edificio anejo, son posiciones que nos hacen pensar que, poco a poco, la sociedad está reaccionando. Sin duda, en ello tienen bastante que ver los bibliotecarios; de la calidad y el esfuerzo de estos profesionales sí que puede sentirse orgullosa nuestra Región.


* Diario 16 Castilla-La Mancha (29-11-1994), p.8

sábado, 1 de octubre de 1994

Los aliados de las bibliotecas

‑ “Los aliados de las bibliotecas”. En colaboración con Begoña Marlasca Gutiérrez. Educación y Biblioteca. Año 6, núm. 50 (octubre 1994), págs. 62‑63 y núm. 52 (diciembre 1994), págs.13‑19.

1ª) parte del artículo:   Los aliados de las bibliotecas

2ª) parte del artículo:    Los aliados de las bibliotecas





miércoles, 1 de junio de 1994

Bibliotecas Públicas y partidos políticos. Las políticas bibliotecarias en los programas electorales (1977‑1993)


“Bibliotecas Públicas y partidos políticos. Las políticas bibliotecarias en los programas electorales (1977‑1993)”. Boletín de la Asociación Española de Archiveros, Bibliotecarios, Museólogos y Documentalistas. Año XLIV (1994), núm. 2 (abril‑junio), págs.123‑175.


Enlace:  Bibliotecas públicas y partidos políticos...



sábado, 23 de abril de 1994

Leer, un derecho de todos




Leer, un derecho de todos*


            Leer es cosa de todos, es el lema elegido este año por la Consejería de Educación y Cultura para celebrar la Fiesta del Libro e iniciar un programa de promoción de la lectura y de asistencia a las bibliotecas. Entre los numerosos lemas ofrecidos por los directores de las Bibliotecas Públicas del Estado y de los Centros Coordinadores Provinciales de Bibliotecas de nuestra región, finalmente se eligió éste, que había sido propuesto desde el Servicio Regional de Archivos y Bibliotecas. Con ese título genérico se intenta integrar en el Año Internacional de la Familia las iniciativas que durante 1994 puedan ponerse en marcha en Castilla‑La Mancha relacionadas con el libro, la lectura y las bibliotecas.
            Y es que Leer no es privativo de los niños (aunque sean ellos los usuarios más numerosos de las bibliotecas), ni de los estudiantes (demasiadas veces lectores forzados por sus profesores), ni de un cierto sector de la población adulta más concienciado de la necesidad de estar informado y de acudir por ello a la biblioteca, ni  de ese grupo minoritario de creadores e intelectuales que buscan en la biblioteca las fuentes para su trabajo...
            Tampoco es la biblioteca el único lugar para la lectura. Los editores hacen campañas de promoción normalmente dirigidas a que los ciudadanos compren libros; y parece legítimo, pues los libros, además de fuente de información, cultura y ocio, constituyen una de las grandes industrias de nuestro país. En similares términos se mueven los libreros, y es lógico porque, según la Encuesta de...prácticas y consumos culturales de los españoles (1991), sólo el 37% de las personas mayores de 18 años compró algún libro en el período de 12 meses. Y por cierto, nuestra región, según ese estudio, es la penúltima de las Comunidades Autónomas, con sólo un 22% frente a regiones como Madrid (54%), Cataluña (46%), País Vasco (43%), Asturias (41%), etc.
            Pero el hábito de compra de libros, que está muy bien, no puede hacernos olvidar que la lectura es un derecho de todos los ciudadanos y, consiguientemente, los poderes públicos han de velar por el cumplimiento de dos derechos constitucionales: a la información y a la cultura, que es donde hay que enmarcar el acceso de los españoles al libro y a otros soportes de información. Por ello, aunque me parece más constructiva la imagen de una familia leyendo que una familia abandonada a la alienante “suerte” del televisor, los bibliotecarios resaltamos la función social que efectúa un servicio público tan fundamental como es la biblioteca.
            Dice el mismo estudio citado que sólo el 11% de los españoles adultos acuden a las bibliotecas. Y esa cifra, sin duda muy baja, contrasta con la visión que la mayoría de las bibliotecas españolas ofrecen: normalmente repletas de público, a veces con problemas de convivencia derivados precisamente de la escasez de puestos de lectura. Las Administraciones públicas han realizado durante los últimos años un importante esfuerzo inversor; en concreto, la Junta de Comunidades de Castilla‑La Mancha ha invertido en bibliotecas y casas de cultura unos 6.000 millones de pesetas entre los años 1985‑1993. Todo esto quiere decir que, a pesar de estos datos, aún queda mucho camino por recorrer.
            Entre los grandes retos pendientes en la política de lectura pública está el completar  las colecciones bibliográficas y de publicaciones periódicas e incorporar a las bibliotecas los equipos audiovisuales básicos y los correspondientes soportes: Compact Disc, vídeo...También está pendiente la paulatina informatización de las bibliotecas del Sistema Bibliotecario  Regional y su acceso a bases de datos mediante videotex, CD‑Rom,... Y, sobre todo, la asignatura pendiente es la dignificación y estabilidad profesional del bibliotecario: no hay biblioteca sin bibliotecario. Junto a estas necesidades de las bibliotecas, se encuentra la tarea de incrementar el número de centros bibliotecarios en las localidades mayores para asegurar un servicio efectivo al conjunto de la población. Me explico: igual que no basta un único hospital para una ciudad, sino que se precisa una red de centros de salud, en el caso de las bibliotecas los ciudadanos han de poder contar con una red de bibliotecas que presten servicio a los vecinos de los diferentes barrios. Sólo así podrá hablarse verdaderamente de una cobertura plena de la población.
            Las bibliotecas, bien dotadas y con personal adecuado y estable, son una alternativa real para la educación, el ocio, la cultura y la información de las personas. Desde luego, serían una alternativa a la calle, la discoteca  o el bar, que en muchos casos parece son los únicos lugares que nuestra sociedad  destina a los jóvenes. Y si hablamos de que leer es cosa de todos y de que constituye un derecho también de todos, me parece preocupante la marginación que en este sentido sufre el ciudadano de las pequeñas localidades que, por su escasa población, no tienen biblioteca: cerca de 600 municipios de Castilla‑La Mancha (el 65% del total) carece de cualquier tipo de servicio bibliotecario. Son aproximadamente 234.000 personas a los que, por el delito de vivir en pequeñas localidades se les niega el derecho al libro.
            Afortunamente, la biblioteca va poco a poco considerándose por los responsables públicos como uno de los servicios que han de generalizarse. Pero sigue siendo escasa la reivindicación que el conjunto de la sociedad formula al respecto: sin formación e información no tendremos una democracia madura; y en esas parcelas la biblioteca ocupa (aunque de momento sea demasiado teóricamente) un lugar privilegiado. Lo que hace falta es que, como ocurre con el derecho a la salud, a la educación o a otros derechos considerados básicos, los propios ciudadanos comencemos a clamar por el derecho a la información y a la lectura  para todos, como un servicio público que debe estar en la base de la educación y la cultura de un país.


* La Voz del Tajo (23-4-1994), p.9

lunes, 1 de noviembre de 1993

Radiografía de urgencia: bibliotecas en Castilla‑La Mancha




“La lectura pública en Castilla‑La Mancha: radiografía de urgencia”. Añil, Cuadernos de Castilla‑La Mancha, nº 2 (noviembre 1993), págs. 51‑61. [Publicado con el título “Radiografía de urgencia: bibliotecas en Castilla‑La Mancha”]

 Puede leer el artículo completo en :

Enlace: La lectura pública en Castilla‑La Mancha: radiografía de urgencia
 



 





domingo, 19 de septiembre de 1993

La Bella y los libros



La Bella y los libros*.

            La proyección de La Bella y la Bestia despertó verdadera pasión, y ahora  ocurre lo mismo con la edición en vídeo de esta película de los estudios Disney. Además, la espléndida estructura de comunicación que siempre ponen en marcha los productores colabora en la creación de un verdadero mundo Disney. Bella es, sin duda, la gran heroína del momento para miles de personas. La película merece la atención prestada, y los personajes principales, Bella y Bestia, el cariño que están cosechando entre todos los públicos.
            En lo que tal vez menos se ha reparado es que esta película constituye la mejor campaña de animación a la lectura puesta en marcha. La del mono del Ministerio de Cultura, en tantos aspectos fracasada, no es nada comparada con el mensaje (y además de larga duración) de la película; y el “Leyendo se entiende la gente” de la Consejería de Educación y Cultura llega a ámbitos muy reducidos al no haberse utilizado los soportes clásicos de estas campañas. Pero tal vez no importa: ¿qué mejor programa de promoción de la lectura que esta película, vista por millones de personas en todo el mundo? Cierto que se trata de mensajes la mayoría de las veces implícitos, pues la película plasma con acierto cómo la sociedad, en general, vive de espaldas al libro. Pero muchísimos de los espectadores prendados de Bella pueden perfectamente enamorarse también de los libros y convertirse en lectores constantes.
            En la pequeña aldea donde vive Bella,  cada día es igual y “nada nuevo hay que contar” y todos sus vecinos coinciden en que ella es “una chica peculiar”, distinta  y que “nunca deja de leer: con un libro puede estar siete horas sin parar; con un libro no se acuerda de comer...” Bella vive en su mundo de imaginación, lugares lejanos, aventuras,...buscando la profundidad de lo interior, mientras sus convecinos no salen del monótono y superficial acontecer cotidiano. Y allí vive también el prototipo de hombre triunfador, arrogante, dominador...Gastón, como símbolo de tantos sectores que temen que el libro convierta a la persona en libre y crítica, recrimina a Bella: “No está bien que una mujer lea; enseguida empieza a tener ideas y a pensar...”  Debe olvidarse de los libros y prestar atención a “cosas importantes”...¿Tal vez la televisión, el bar, el deporte‑sillón, el consumismo, la escalada social, la comodidad...?
            La librería/biblioteca en la que Bella recibe prestados sus libros y, después, la gran biblioteca de la Bestia/Príncipe en su palacio, son los ejes de la metamorfosis de ésta: el amor de Bella y las lecturas de libros van humanizando a la Bestia hasta convertirse en el nuevo ser que hay en toda persona. Pero, en Toledo, ¿dónde leerán los conversos al libro?.



* Ya (19-9-1993), pág. VIII

miércoles, 18 de agosto de 1993

Las Bibliotecas Públicas, asignatura pendiente



Las Bibliotecas Públicas, asignatura pendiente.*

            La próximo celebración en Barcelona (22 al 28 de agosto) del 59 Consejo y Conferencia General de IFLA (Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas) es ocasión propicia para reflexionar sobre el estado actual de la lectura pública en nuestro país. El hecho, además, de que la Conferencia gire en torno a la biblioteca universal (las bibliotecas como centros para la disponibilidad mundial de la información) pone el dedo en la llaga sobre la situación de la mayoría de las bibliotecas públicas en España.
            Hace unos meses, en el curso del seminario La Sociedad Lectora que tuvo lugar en Madrid, se alzaron  voces en representación de diversos sectores (críticos, bibliotecarios, editores y técnicos de la Administración) recordando que las bibliotecas públicas constituían la asignatura pendiente de la política cultural española. Es cierto que es una responsabilidad compartida, pues las competencias sobre libro y bibliotecas están transferidas a las Comunidades Autónomas; pero el Ministerio de Cultura tiene la obligación de vertebrar y poner en marcha el Sistema Español de Bibliotecas, en el que tanto la Biblioteca Nacional como las Bibliotecas Públicas del Estado tienen papeles primordiales como ejes, respectivamente, del sistema nacional y de los correspondientes sistemas provinciales.
            Como en tantos otros campos, lógicamente, se ha avanzado durante la última década. Pero no con la intensidad que se intuía en 1982, cuando la victoria del PSOE alumbraba grandes esperanzas para que existiera una verdadera política bibliotecaria y se definiese un plan nacional de lectura pública con la colaboración del Estado y de las Comunidades Autónomas. Latía el recuerdo de María Moliner, que en la II República elaboró un Plan de Bibliotecas todavía válido en gran medida, y la circunstancia de que los nuevos responsables públicos tenían probada sensibilidad hacia la lectura. Pero el paso de los años fue eclipsando aquella esperanza, no exenta de  realizaciones puntuales y de mejoras globales pero faltando  una verdadera conciencia sobre el papel que la biblioteca pública ejerce en la persona y en la sociedad como centro básico para la información, la educación, la cultura y el ocio de la comunidad.
            Los distintos estudios sobre hábitos culturales  apuntan  que apenas un 20% de los mayores de 18 años pueden considerarse lectores habituales y que sólo un 11% acudieron en 1990 a una biblioteca pública, frente al 90% que se consideran asiduos de la televisión. Y de poco sirven las campañas de invitación a la lectura cuando, por una parte, desde los medios de comunicación públicos (especialmente TVE) se está propiciando una sociedad no lectora, acrítica y pasiva y, de otro lado, se carece de una adecuada y extensa red de lectura pública que permita a todas las personas, sin discriminación por su lugar de residencia o por su condición sociocultural, acceder gratuitamente al libro y la información. En este sentido, el primer paso para cambiar esta situación es considerar a la biblioteca pública un servicio público de primer orden, además de un derecho constitucional implícitamente ya reconocido.
            Es constatable que las bibliotecas abiertas están siempre repletas de público, aunque muchas veces no puedan cumplir sus fines por falta de medios técnicos o personales. Pero el número de ciudadanos españoles que no pueden acogerse a algún tipo de servicio bibliotecario es todavía muy importante. Otro problema es el de la cualificación y estabilidad  de los profesionales: si en su gran mayoría es verdad que trabajan con un voluntarismo encomiable, el escaso reconocimiento social y político hacia el bibliotecario hacen que todavía muchos responsables públicos consideren que cualquier persona está preparada técnicamente para dirigir o trabajar en una biblioteca. Respecto a la crisis lectora que se produce en los jóvenes, hay que relacionarla directamente con la inexistencia de bibliotecas escolares; sorprende que el Ministerio de Educación y la mayoría de los responsables educativos autonómicos tengan en alta estima a la biblioteca escolar pero no consideren conveniente la existencia de un bibliotecario que, como técnico, colabore con el conjunto de la comunidad educativa.       
            Sobre la consideración política que existe hacia la biblioteca, sólo hay que consultar los programas electorales de los partidos  con implantación nacional para  las elecciones generales. Si  añadimos las practicamente nulas referencias que al respecto pudieron oirse o escribirse en la última convocatoria electoral, estaremos ante síntomas evidentes de una actitud que resulta preocupante. Incluso las declaraciones programáticas de la actual ministra de Cultura, vinculada especialmente al mundo del arte y sin mencionar el campo bibliotecario, constituyen la constatación de que estos centros públicos de información entran en las prioridades de muy pocos dirigentes. Al respecto, por ejemplo, recordemos que el Ministerio de Cultura tiene paralizados sus dos programas inversores básicos: la construcción o mejora de Bibliotecas Públicas del Estado y su programa de informatización. ¿Qué pasará en 1994, cuando ya se reconoce públicamente la crisis económica?.
            Pensar en las bibliotecas públicas es invertir en el grado de madurez de una sociedad, de un país. Por ello, diseñar una verdadera política bibliotecaria contribuirá no sólo a democratizar el libro y la lectura sino también a formar integralmente a los ciudadanos. Sin bibliotecas suficientes y adecuadas, los modelos educativos están condenados al fracaso. Pero deseo dejar abierta la puerta a la esperanza: la celebración de la Conferencia de la IFLA puede ser motivo y cauce para sensibilizar a la opinión pública y para que los responsables políticos se conviertan en verdaderos defensores de la biblioteca pública.


* Diario 16 (18-8-1993), p. 12

domingo, 25 de julio de 1993

Amores



Amores*

            Hay amores que  matan, dice el refranero. Pero hay otros amores estupendos, que dan vida, son  cauce para la solidaridad y construyen páginas espléndidas de la historia cotidiana. A veces, el amor se percibe sin relación directa con las personas, porque visto con ojos miopes parece que se otorga a cosas: son esos amores por el arte, los libros, los pequeños objetos domésticos en los que late la experiencia y el recuerdo de tantos seres queridos...En el fondo, ahí está la persona. Dice El Principito que “el amor es invisible a los ojos”, y es cierto. Hay demasiados amores invisibles, y que sin embargo están ahí, existen. Estos amores son los que cada día ayudan a mantener viva la esperanza, aunque sean amores incomprendidos y silenciados. En este ámbito sitúo yo el amor de Javier Malagón y de su esposa Helena hacia la Biblioteca Pública de Toledo. Ellos, con Julia Méndez, conforman un modélico y continuado amor hacia este centro de lectura.
            Javier Malagón, historiador, jurista, bibliófilo, profesor, consultor y diplomático,  donó durante sus treinta últimos años de vida fondos bibliográficos que hoy conforman una valiosa colección de la Biblioteca. Libros jurídicos, de temática americana y la producción de los españoles exiliados son algunos de los más de diez mil volúmenes legados. Tan importante se juzgó su apasionado amor hacia este centro de información, cultura y educación que el Gobierno Regional le concedió en 1988 la Medalla de Castilla‑La Mancha en su categoría de oro. Hoy, que sus cenizas reposan en el sereno cementerio de Nambroca por expreso deseo de este toledano insigne y universal, la llama de su amor permanece viva; no sólo por la sombra proyectada por la riqueza infinita de su colección bibliográfica: también por el testigo recogido por su esposa Helena. Desde América, ella continúa velando por la salud de una biblioteca demasiado olvidada por los responsables públicos desde hace más de una década. Y como obras son amores, ahora ha ofrecido recursos económicos para adquirir el equipamiento informático que permita tratar con tecnología adecuada la colección Malagón y, consiguientemente, la reconversión de los catálogos manuales de la Biblioteca.
            En tiempos de crisis, en los que a la tradicional marginación que a la política bibliotecaria tiene sumida el Ministerio de Cultura se unen los recortes presupuestarios, esta iniciativa  supone un verdadero espejo que invita a mirarse no sólo a las autoridades sino a los distintos colectivos sociales y políticos con alguna responsabilidad en la educación integral de la persona. Quien invierte en bibliotecas públicas está invirtiendo en el grado de madurez de una sociedad, de un país. Por ello, este ofrecimiento es verdaderamente ejemplar.


* Ya  (25-7-1993), pág. XII

viernes, 23 de abril de 1993

Una asignatura pendiente: la lectura pública



Una asignatura pendiente: la lectura pública*

El libro hace al ciudadano: ciudadanos libres, críticos, tolerantes, constructores de la convivencia y el respeto. Y sin embargo, conocida esta relación hace muchos siglos, todavía en las políticas culturales de las Administraciones Públicas la promoción del libro y de la lectura no aparecen como eje prioritario. He escuchado a veces que, siendo importante la recuperación del patrimonio histórico-artístico, es más urgente la formación de la persona. «La gente es el reino», afirmó el arbitrista toledano Sancho de Moncada: la vitalidad y carácter de un país, de un tierra, dependerá de la formación de su gente.
El libro informa, educa y desarrolla la imaginación. Ante un libro, todo un mundo de sensaciones, de ideas y de iniciativas surge en la persona que centra sus ojos en las páginas de una obra de creación literaria, de ensayo,..
Pero, a pesar de los avances conseguidos, el libro sigue siendo aún objeto de deseo para muchos: tal vez los altos precios, motivados por las cortas tiradas de las ediciones, influya en el hecho de que, por ejemplo, en Castilla- La Mancha sólo un 22% de personas compraran algún libro en 1990; o que sólo un 11% de los españoles mayores de 18 años acudieran ese mismo año a una biblioteca pública.
También se ha dicho: «Un hombre sin información es un hombre sin opinión». La biblioteca pública es para la Unesco el centro básico de información, cultura, educación y ocio para todos los ciudadanos. Completar, por tanto, la red de bibliotecas y poner en marcha servicios que permitan en cualquier localidad el acceso al libro de todas las personas y sectores sociales, especialmente de los más marginados, son necesidades primarias de nuestro país.
Democratizar el libro y la lectura, y desarrollar y vertebrar adecuadamente los sistemas bibliotecarios, siguen siendo asignatura pendiente de las políticas culturales, incluso considerando la mejora de los indicadores estadísticos y el esfuerzo inversor realizado en los últimos años. Ahora, ante unas elecciones generales, los partidos políticos deberían afrontar con seriedad y con planteamientos de futuro un problema histórico en España: la lectura pública.


* La Voz del Tajo (23-4-1993) pág. 10

miércoles, 1 de abril de 1992

El niño que acumulaba libros



El niño que acumulaba libros*

            Érase una vez un pueblo castellano en el que vivían un millar de personas. Tenía el pueblo  su alcalde y su escuela, el cura y el médico; y había también dos carnicerías, un estanco, una sastrería, un taller de carpintería, una tienda de tejidos y otra de comestibles, cuatro tabernas, un cartero, muchos agricultores y... una droguería.

            Dos centenares de niños habitaban en aquella localidad que estaba próxima a los inicios de las tierras manchegas. Doscientos niños de sonrisa abierta y de ojos vivarachos; niños con manos adaptadas a trepar rápidamente por los árboles en busca de hojas de morera para sus gusanos de seda o de un nido de pajarillos. Eran niños habituados a cazar lagartijas, a pegarle al balón en la era, a dar tres golpes en el llamador de una casa y salir corriendo y...también...algo acostumbrados a leer.

            Pero un día una gran fila de niños de todas las edades se dirigió al Ayuntamiento, alicaídos, silenciosos y con los ojos tristones.

            La Autoridad, pensativa y sorprendida, salió a su paso:

            ‑ ¿Qué ocurre, niños? ¿Qué hacéis aquí, haciendo fila y a estas horas?

            ‑ ¡Tiene que buscar soluciones, señor Alcalde! ‑dijeron a coro los niños.

            La Autoridad, realmente sorprendida, no entendía nada de nada. Y volvió a preguntar:

            ‑ Pero, niños, ¿qué es lo que tengo que solucionar? Vamos haciendo todas las mejoras que podemos en el pueblo. ¡Hasta columpios os he puesto en la plaza del reloj! ¿No habrá algún problema en la escuela? ¡Pero si tenéis un maestro que no os lo merecéis! ¡Venga, decidme!, ¿qué pasa?.

            ‑ ¡No hay libros, señor alcalde! ‑dijeron, de nuevo a coro, las dos decenas de niños que llegaron en fila y que ahora hacían corro en torno de la Autoridad.

            ‑ ¡Ni tebeos! ‑exclamó Gustavo, el hijo de Martín el carnicero.

            ‑ ¡Tampoco hay cuentos! ‑se lamentó una niña de pelo rubio trenzado.

            ‑ ¡¡¡Tiene que hacer algo!!! ‑gritaron todos al alcalde.

            ‑ ¡Vamos, vamos, tranquilos, dejad de hablar todos a la vez. Así no hay quien se aclare! Pasad a mi despacho una comisión de cuatro de vosotros.

            Felipe, el alcalde, se sentó en su sillón de raso rojo descolorido y se dispuso a escuchar atentamente a Benito, Fidel, Guille y Timo ‑los más líderes del grupo.

            ‑ Don Felipe ‑empezó Guille‑, la cosa es muy seria: hace casi un mes que no llegan tebeos ni libros al pueblo.

            ‑ Gervasio, el droguero, dice que el cartero no trae los pedidos, que será que correos anda mal ‑dijo Fidel.

            ‑ Pero sea lo que sea, usted tie que hacer algo, don Felipe, que para algo es usted el alcalde. Si en nuestro pueblo no tenemos biblioteca y el droguero ya no trae libros, ¿qué vamos a hacer? ¡Lo único que tenemos es la enciclopedia de ir a la escuela, pero queremos cuentos! ‑argumentó Benito.

            ‑ Por todo ello ‑dijo en todo solemne Timo‑, y en nombre de todos los niños, y de las niñas ‑que no ha entrao ninguna porque les daba cosa‑ le pedimos que averigüe lo que ocurre y busque usted una solución a este problema, a esta carencia.

            La Autoridad, tras tranquilizar de nuevo a los niños y prometerles que tomaría cartas en el asunto, se despidió de ellos con una sonrisa franca y se dirigió a casa de Gervasio, el droguero.

            Cuando Don Felipe llegó al establecimiento, estaba despachando Julián, el segundo hijo del droguero:

            ‑ Bu...uue...eenos días, señor alcalde ‑saludó nervioso el niño.

            Julián no daba pie con bola. Fue a despachar cuarto de detergente y vertió un montón en la báscula. Cada vez se le veía más intranquilo, mirando de un lado para otro y fijando sus ojos periódicamente en los del alcalde. Cuando había terminado de despachar, la Autoridad, sospechando no sabía bien qué, preguntó sin vacilación al hijo del droguero:

            ‑ Julián, ¿tú sabes por qué no os mandan los pedidos de libros y tebeos?

            ‑ No,...señor ‑respondió Julián, un tanto dubitativo‑. Hace más de una semana que no recibimos pedidos...

            ‑ ¿Sólo una semana? ‑exclamó el alcalde‑. Los niños me han asegurado que hace cerca de un mes que tenéis las estanterías vacías de cuentos y libros...¿qué sabes tú?...

             El niño, terriblemente nervioso, contestó:

            ‑ Bueno, alguno ha venido, pero... se han vendido todos...

            Iba a hacerle nuevas preguntas, más directas, ante el visible nerviosismo que mostraba el niño, cuando de improviso salió de la trastienda Gustavo, el droguero:

            ‑ ¡Juliánnnn! ¿Qué es ese lío que hay en el pueblo con los libros? ¿Cómo dicen que no mandan libros, si no hacemos más que recibir y vender todo?

            El niño salió corriendo, pero se encontró con la mano de su padre en su oreja derecha.

            ‑ ¡Alto ahí! ¡Explícame qué está pasando!...

            La confesión  del asustado niño  hizo que Don Felipe, el alcalde, y Gervasio, el droguero estallaran en una sonrisa: Resultó que Julián guardaba en su habitación todos los cuentos, libros y tebeos que recibían de los distribuidores. Los iba leyendo uno tras uno, ávido de lectura, y luego iba sacándolos a los estantes para su venta a los demás niños del pueblo. Así lo venía haciendo desde hacía un par de años, con el beneplácito de sus padres, que observaban gustosos la afición a la lectura de su hijo y su inteligente sistema de leer gratuitamente.

            Pero lo que no entendía Gervasio era porqué en esta ocasión su hijo había acumulado  tanto material. En efecto, verdaderas pilas de tebeos y de cuentos y los pocos libros que habían llegado, salpicaban el suelo y llenaban el armario de la cámara de  la vivienda.

            ‑ Padre ‑se excusó el niño‑, es que había decidido crear una biblioteca. Si seguimos vendiéndolos, los tebeos y los libros seguirán dispersándose por las casas y luego será difícil convencer a todos para que los donen. Así que pensé que era mejor que cuando tuviésemos un fondo decentillo se lo entregásemos al señor alcalde y así podría abrir una biblioteca.

            ‑ Me tomas el pelo o eres así de ingenuo...Pero, hijo, nosotros somos pobres, no hubiésemos podido resistir mucho así, pagando pedidos y no teniendo ingresos de estas partidas...

            Pero cuentan que sí, que era cierto el plan de Julián, que conociendo al muchacho era imposible que hubiese mentido. Así que cuando se supo  la historia del desabastecimiento  de libros que había sufrido la localidad, los demás niños propusieron a la Autoridad que Julián, el hijo del droguero, fuese nombrado hijo predilecto o algo parecido.

            No sabemos si esto se hizo. Pero sí llegó a nosotros el final de la historia: Cuando Gervasio, el droguero, sacó todos los guerreros del antifaz, robertos alcázar, etc. acumulados durante cerca de un mes a las estanterías para ponerlos a la venta ocurrió un hecho insólito: Una larga fila de más de un centenar de niños esperaba en la calle para comprar, nuevamente, los libros, cuentos y tebeos que vendían en la droguería, la única tienda del pueblo donde se podía comprar de todo excepto comestibles...

            Los 1.757  ejemplares fueron vistos y no vistos. Todo estaba vendido, ante la  mirada un tanto desolada de Julián, el niño del droguero. La sorpresa  vendría después, cuando el centenar de niños se dirigió rápidamente al Ayuntamiento: De nuevo el señor alcalde salió, sorprendido, a la puerta. Pero se tranquilizó al ver el feliz semblante, las caras radiantes de alegría de todos los niños. Cuando el último de ellos le entregó los tebeos o cuentos que un momento antes había adquirido, el alcalde comenzó a llorar...de alegría.

            ‑ ¡Vaya si merece la pena ser alcalde...! ‑decía don Felipe emocionado y secándose las lágrimas‑... ¡Claro que merece la pena ser alcalde! ‑repetía el buen hombre...

            Y cuando, dos años más tarde, el alcalde inauguró la Biblioteca Municipal, cuyos primeros 1.757 volúmenes fueron los donados aquel día por los niños del pueblo, Don Felipe decía en su discurso:

            ‑ Mirad, convecinos, cada vez que surge un problema en el pueblo, me acuerdo de estos acontecimientos de los libros y me digo: sólo por esto ya merece la pena haber sido alcalde de este pueblo...

            Y sus vecinos, plenos de emoción al ver el nuevo servicio con el que contaba el pueblo, preferían gritar para así ahogar las lagrimillas que deseaban salir a escena:

            ‑ ¡Que viva nuestro alcalde!

- ¡Qué viva!!!!!!!!! ‑contestaron a coro, con voz alta y sincera.    





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Escrito en abril de 1992, fue leído por el autor en el Maratón de Cuentos de Guadalajara de ese año.
Fue publicado inicialmente en La Voz del Tajo, Suplemento Día del Libro (24-4-1993), p. XIII. También fue recogido en el libro Combates por la biblioteca pública en España (2006), págs. 25-27.