domingo, 5 de octubre de 1997

Lectura pública en la provincia de Toledo (1771-1997)



“Lectura pública en la provincia de Toledo (1771-1997)”. Toletvm. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo. Año LXXX, Segunda época núm. 38 (1998); págs. 9-42.

Enlace: Lectura pública en la provincia de Toledo (1771-1997)

 



martes, 1 de octubre de 1996

miércoles, 26 de junio de 1996

La legislación bibliotecaria y el Estado de las Autonomías. El camino de la Comunidad de Castilla-La Mancha


“La legislación bibliotecaria y el Estado de las Autonomías. El camino de la Comunidad de Castilla-La Mancha”. Actas del VI Congreso Nacional de ANABAD. Archivos, Bibliotecas, Centros de Documentación y Museos en el Estado de las Autonomías. Murcia, 26, 27 y 28 de junio de 1996. Murcia: ANABAD-Murcia: Consejería de Cultura y Educación, 1997. Págs. 297-324.


 

miércoles, 15 de noviembre de 1995

Bibliotecario y archivero, dos profesiones de hoy



Bibliotecario y archivero, dos profesiones de hoy*

            El día 20 de mayo de 1935, en plena II República, José Ortega y Gasset pronunció en Madrid un discurso, publicado después con el título de Misión del bibliotecario. Fue con motivo de la apertura del segundo Congreso de la IFLA  y constituye un magnífico ensayo, no sólo sobre el concepto y funciones del libro y la misión de quienes han de organizar los procesos técnicos de acceso a la lectura sino, en general,  sobre la misión del hombre, tanto desde el punto de vista personal como  profesional.
            Siempre me ha impresionado comprobar cómo, normalmente, las personas más sabias son al mismo tiempo humildes y, en sus contactos cotidianos, así lo hacen, respetando  al otro, valorando al otro. Al contrario, hay  personas que creen saberlo todo y, por supuesto, mientras consideran su propia profesión imprescindible no sienten el menor sonrojo en sentenciar que otras tareas laborales (no las consideran profesiones) pueden ser desempeñadas por cualquier persona sin más requisito que su buena voluntad o su nombramiento para tal o cual función. En este sentido son admirables las palabras del filósofo español, que se encontró en el programa del Congreso con ese “enorme y pavoroso” título de Misión del Bibliotecario, dijo que ”aceptarlo sin más sería una pretensión abrumadora” y concluyó: “No puedo intentar enseñaros nada sobre las técnicas complejísimas que integran vuestro trabajo, las cuales vosotros conocéis tam bien y que son para mí hermético misterio”.
            Sin duda en España dos de las profesiones menos consideradas socialmente, sobre todo en las regiones menos desarrolladas culturalmente, son las de bibliotecario y archivero. Y digo conscientemente dos profesiones, porque son distintas y, aunque en el pasado fueran muchos los casos donde un mismo profesional ejercía conjuntamente ambas profesiones, hoy el grado de especialización ha llegado a tal nivel que es preciso separarlas, como de hecho está ocurriendo. Existe un punto de partida ineludible: No podemos hablar de biblioteca sin hablar de bibliotecario y no podemos hablar de archivo sin considerar al archivero. Estas sencillas formulaciones parecen una perogrullada pero creo que es poner el dedo en la llaga: hay mucha gente que no para de destacar el papel fundamental que las bibliotecas tienen en la formación integral de la personas o que aceptan que el archivo es fundamental para su Institución, pero luego, en la teoría o en la práctica, piensan:  ¿bibliotecarios?, ¿archiveros?  Son caros, no podemos seguir incrementando el capítulo I de los presupuestos... Se precisan economistas, abogados, administrativos, maestros, médicos, asistentes sociales, animadores socioculturales, barrenderos...pero...bibliotecarios y archiveros...Cualquiera sirve para ello.  Por encima de las dificultades presupuestarias, que sabemos existen, creo que está el concepto, su consideración social y profesional.
            Creo que nadie con un poco de sentido común pensaría en un Centro de salud sin médico, ATS, etc. Igual que nadie pensaría en poner en marcha un centro docente sin los correspondientes profesores titulados y retribuídos adecuadamente. No ha sido así en el caso de muchas bibliotecas públicas, especialmente municipales. Históricamente, la Corporación municipal designaba a una persona para “encargarse” de la biblioteca por algunas horas y “gratificaba” a ese “encargado” con pequeñas cantidades, que servían para complementar su salario de maestro u otra profesión. En 1993 todavía más de la tercera parte de los bibliotecarios municipales eran “colaboradores”, sin contrato ni seguridad social, muy pocas horas de trabajo y unas retribuciones sonrojantes. Pero el resto, en la mayoría de los casos con un contrato temporal, no tenía mucho mejor situación: titulados superiores contratados y pagados como ordenanza o auxiliar administrativo, contratos de media jornada que imposibilitan dar un buen servicio a los ciudadanos y vivir de esa “profesión”, etc.
            Por ello cuando, en octubre de 1991 la Consejería de Educación legisló los mínimos de las bibliotecas públicas municipales en cuanto a superficies, colecciones, personal, etc. lo hizo con un doble planteamiento: a corto y medio plazo contar con profesionales en todas las bibliotecas. En las de localidades con población superior a 5.000 habitantes, que según la legislación de régimen local tienen obligación de prestar el servicio público de biblioteca, el bibliotecario debería estar contratado y retribuído como técnico de bibliotecas; y en las bibliotecas de poblaciones  menores a 5.000 habitantes, el primer objetivo era contar con bibliotecarios estables, con formación adecuada y contratado al menos como Auxiliar de Bibliotecas, del grupo C de funcionarios. Este proceso está en marcha, impulsado por la Consejería de Educación y Cultura mediante las ayudas a la contratación de bibliotecarios municipales que han tenido lugar en los años 1994 y 1995. Pero falta mucho camino por recorrer. Y, por supuesto, en la medida que la biblioteca pone en marcha nuevos servicios (fonoteca, etc.) el número de personal debe ir creciendo paralelamente.
            Los ayuntamientos ya son conscientes de la importancia de contar con biblioteca pública en su localidad. No están obligados a tenerla, y por eso la Junta de Comunidades de Castilla‑La Mancha que en su legislación ha planteado que existan bibliotecas en todas las localidades mayores de 2.000 habitantes, ha  invertido en  esos municipios, construyendo casas de cultura o bibliotecas públicas. Pero la vida de esas bibliotecas depende en gran parte de la voluntad de los propios municipios. No puede haber biblioteca si un ayuntamiento no está dispuesto a asumir la correcta contratación de un bibliotecario y los gastos de mantenimiento de esa biblioteca.
            En el futuro, en todas las bibliotecas, con independencia de la población de su localidad, deberán tener un bibliotecario titulado y retribuído como técnico de bibliotecas. Porque en la educación y, en general en cualquier servicio público, los ciudadanos no pueden estar discriminados por el hecho de vivir en poblaciones pequeñas: ¿se imagina alguien que en un Centro de salud sólo hubiese enfermera? ¿o que en un colegio los maestros no tuvieran la correspondiente titulación? ¿o que un médico hiciese de abogado o un jurista de arquitecto?
            Perdonen las simplezas anteriores, pero les aseguro que están basadas en opiniones reales. E igual ocurre en el caso de los archiveros: como el número es inferior se nota menos, pero también está latente la tentación de convertir  en flamante archivero a cualquier persona, por supuesto respetable y que, sin duda, al cabo de los años podrá convertirse en un buen profesional si tiene interés y se forma. Pero, de nuevo las preguntas, ¿se pondría usted en manos de un médico sin titulación y que, con buena voluntad, desea formarse en el ejercicio de su profesión? ¿llevaría usted a sus hijos a un colegio en el que los profesores sean amables y voluntariosas personas vecinas de esa localidad pero que carecen de la formación y reconocimiento oficial pertinente? En Castilla‑La Mancha deberían tener un archivero titulado, contratado al menos como Técnico de archivos (grupo B), los ayuntamientos de localidades mayores de 10.000 habitantes. Para el resto, una vez realizado el inventario del archivo municipal y organizados básicamente estos archivos con la ayuda de la Consejería de Educación y Cultura, los ayuntamientos deberían contratar un archivero de zona, que de forma similar a los trabajadores sociales o a los secretarios de ayuntamiento prestarían servicio archivístico a una agrupación de municipios (mancomunidad u otro conjunto de ayuntamientos).
            Otro día especificaré la tareas que ambos profesionales tienen que realizar. Hoy me basta con la idea de que para organizar el acceso a la información en bibliotecas y archivos no sirve cualquiera. Y finalizo con una nueva cita del discurso de Ortega: “Por eso ahora encontramos el cuidado de los libros constituido impersonalmente como carrera o profesión y, por eso, al mirar en derredor, lo vemos tan clara y sólidamente como un monumento público. Las carreras o profesiones son tipos de quehacer humano que, por lo visto, la sociedad necesita. Y uno de éstos es desde hace un par de siglos el bibliotecario. Toda colectividad ha menester hoy de cierto número de médicos, de magistrados, de militares...y de bibliotecarios. Y ello porque, según parece, esas sociedades tienen que curar a sus miembros, administrarles justicia, defenderles y hacerles leer”. Y de igual forma podríamos referirnos al archivero.
            Han transcurrido sesenta años desde las palabras de Ortega y siguen plenamente vigentes. Pero las tareas de ambos profesionales son hoy mucho más complejas y precisan incluso de mayor cualificación. Las crecientes nuevas tecnologías, y su necesario desarrollo en Castilla‑La Mancha; los nuevos soportes de la información (hasta hace unos años vídeo y Compact Disc; pero ahora, el CD‑ROM, el CD‑I, etc.); el acceso a las autopistas de la información; y la propia Constitución, que menciona como derechos de todos los españoles la información, la educación y la cultura; todo ello son algunas de las razones para que, en los umbrales del siglo XXI, las bibliotecas y los archivos de nuestra Comunidad Autónoma tengan unos profesionales con la formación y el reconocimiento laboral y social necesarios.


* Diario 16 Castilla-La Mancha   (30-11-1995), p. 4.

lunes, 30 de octubre de 1995

Manifiesto de la UNESCO sobre la Biblioteca Pública



Manifiesto de la UNESCO  sobre la Biblioteca Pública*

            En noviembre de 1994 fue aprobada la nueva redacción del Manifiesto de la UNESCO sobre la biblioteca pública, y  en estos días la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, que tan espléndida labor hace por la promoción del libro y la lectura en España, está difundiendo este importante documento, que en buena medida sirve de guía a los profesionales de todo el mundo a la hora de planificar y desarrollar el servicio bibliotecario desde una biblioteca pública.
            Afortunadamente, va creciendo la sensibilización hacia este servicio público. Pero falta mucho camino por recorrer: para muchos la biblioteca pública sigue siendo un servicio secundario, bastante menos importante que un centro docente o un hospital, por ejemplo; en muchos casos la biblioteca parece seguir con la consideración de guardería  de niños, bastando con que sea el sector de población infantil el que utiliza la biblioteca y aceptando que los adultos no encuentren en este servicio un atractivo suficiente para convertirse en usuarios estables. Un indicador bastante representativo de la estima en que se tiene a la biblioteca pública puede verse en la situación laboral que históricamente han tenido la mayoría de las personas encargadas de las bibliotecas: en buena parte de las bibliotecas municipales, el bibliotecario carecía de todo tipo de contrato, dedicándose a esta labor como segunda ocupación o simplemente como un trabajo de varias horas al día por el que se le entregaba una pequeña gratificación, etc. En este sentido, el programa iniciado en 1994 por la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Comunidades de Castilla‑La Mancha para ayudar económicamente a los ayuntamientos a contratar al bibliotecario municipal, está siendo muy eficaz: se han abierto bibliotecas que permanecían cerradas desde hacía años y se empieza a corregir  en  parte de los casos esa situación tan injusta que padecían numerosos bibliotecarios. Lo más importante es que, mejorando las condiciones profesionales, las autoridades municipales están comprobando en qué medida está también mejorando el servicio bibliotecario. Todavía no estamos en una buena situación pero, sin duda,  se está poniendo un peldaño para dignificar y profesionalizar nuestras bibliotecas.
            No es la sociedad castellano‑manchega precisamente muy lectora. Por ello, contar con una red de centros y servicios que garanticen el derecho constitucional a la cultura y a la información de cuandos vivimos en nuestra Comunidad Autónoma tiene que ser uno de los grandes retos que han de afrontarse. La Consejería de Educación y Cultura ha hecho en los últimos años un importante esfuerzo inversor, que hay que continuar no sólo para completar la red de bibliotecas públicas sino para que estos centros cuenten con las colecciones bibliográficas que precisan los ciudadanos que viven en esas localidades y, además, constituyan un verdadero centro público de acceso a la información a través de los distintos soportes y, en el futuro, estén preparadas para que todas las personas, con independencia de su situación socioeconómica, puedan acceder a las autopistas de la información que en nuestro tiempo están desarrollándose. Por otro lado, una región como la nuestra, con un porcentaje tan elevado  de pequeños municipios, ha de encontrar fórmulas que sustituyan a la biblioteca pública para que esos ciudadanos no estén en la realidad discriminados por vivir en localidades de pocos habitantes.
            Esta tarea compete a todos: desde luego no sólo a las distintas Administraciones Públicas, aunque éstas tengan un papel fundamental por ser, en sus distintos ámbitos territoriales, responsables de que el derecho a la lectura pública, a la información y la cultura, se haga realidad en todos los rincones de nuestra tierra. También los partidos políticos tienen la responsabilidad de velar por el cumplimiento de ese derecho, aunque corresponda a una cuestión normalmente no demandada ni reclamada por los ciudadanos. De igual forma, los educadores, los creadores, las asociaciones culturales o vecinales y otros  profesionales o sectores sociales, están obligados a preocuparse por este servicio público esencial que es una biblioteca.
            Invito a leer el Manifiesto de la UNESCO, institución que proclama su fe en la biblioteca pública “como una fuerza viva para la educación, la cultura y la información y como un agente esencial para el fomento de la paz y del bienestar espiritual a través del pensamiento de hombres y mujeres”. La UNESCO resume  las misiones de la biblioteca pública: “crear y consolidar los habitos de lectura en los niños desde los primeros años”; servir de apoyo al sistema educativo; posibilitar a todas las personas “el desarrollo personal creativo”, estimulando la imaginación de niños y jóvenes; “fomentar el conocimiento del patrimonio cultural, la valoración de las artes, de los logros e innovaciones científicas” así como el “diálogo intercultural”; apoyar a la “tradición oral”; “garantizar a los ciudadanos el acceso a todo tipo de información de la comunidad”, prestando además un servicio adecuado de información a empresas y asociaciones de su localidad; “facilitar el progreso en el uso de la información y su manejo a través de medios informáticos” y prestar apoyo y participar en “programas y actividades de alfabetización para todos los grupos de edad y, de ser necesario, iniciarlos”.
            Concebida la biblioteca pública como “centro local de información que facilita a sus usuarios todas las clases de conocimiento e información”, sus servicios han de prestarse gratuitamente y debe garantizarse la igualdad de acceso para todas las personas, “sin tener en cuenta su edad, sexo, raza, sexo, religión, nacionalidad, idioma o condición social”. Todos los grupos de edad han de disponer del “material adecuado a sus necesidades” y las colecciones y servicios “han de incluir todo tipo de soportes...,tanto en modernas tecnologías como en materiales tradicionales”. Es decir, además de libros, prensa diaria, revistas... la biblioteca pública ha de contar con  colecciones de vídeos educativos, culturales,...; Compact Disc, CD‑ROM o CD‑I , etc., así como conservar cuantos materiales tengan interés para la historia de esa comunidad (periódicos locales, obras o artículos referidos a la localidad, fotografías, grabaciones musicales o videográficas de temática local, etc.).
            Muy significativos son los párrafos introductorios del Manifiesto. Recuerda que es primordial contar con “ciudadanos bien informados para ejercer sus derechos democráticos y desempeñar un papel activo en la sociedad”. Y concreta aún más: “La participación constructiva y la consolidación de la democracia dependen tanto de una educación satisfactoria como de un acceso libre y sin límites al conocimiento, el pensamiento, la cultura y la información”. Y en todo ello aparece determinante el papel que debe ejercer la biblioteca pública.
            También me parece significativo el insistente llamamiento dirigido a las autoridades: al finalizar la introducción, “...la UNESCO alienta a las autoridades nacionales y locales a dar soporte y comprometerse activamente en el desarrollo de las bibliotecas públicas”; y  en el párrafo final del documento: “Se insta a quienes toman las decisiones a nivel nacional y local y a la comunidad bibliotecaria en general, en todo el mundo, a que apliquen los principios expuestos en el presente Manifiesto”.
            Comprendo que, en éste como en tantos otros casos, las teorías, las palabras, no bastan. Ningún defensor mejor de  un biblioteca pública que quien durante buena parte de su vida se ha servido de ella, se ha beneficiado de los servicios que presta, incluso tan llenas de limitaciones como ocurre en muchos centros. Por ello, me permito una  sugerencia: acudan a la biblioteca pública más próxima.


* Diario 16 de Castilla-La Mancha  (30-10-1995), p. 4.

domingo, 2 de abril de 1995

Lapiceros eternos



Lapiceros eternos*

            Todos tenemos experiencia de cómo los niños son remisos muchas veces a dejar sus lapiceros, goma de borrar,...a sus compañeros. Y la razón suele ser bien sencilla: se gastan. Son pequeños egoísmos, reflejo de las tacañerías más importantes que en tantas ocasiones mostramos los mayores. Pero, al mismo tiempo, cada día conocemos la historia de personas eminentemente solidarias, entregadas a los demás, generosas, hombres y mujeres que vuelcan sus energías en el otro. En una sociedad como la nuestra, tan desprestigiada por los numerosos hechos negativos como se suceden, sería necesario que cada jornada los medios de comunicación rescatasen del silencio y el anonimato una historia de amor, las pinceladas básicas que permitieran a las gentes conocer los rasgos vitales de unas biografías que normalmente pueden  motivar y animar a salir de la mediocridad y la vida cómoda.
            Y no estoy hablando de perfecciones. Todos sabemos que hasta los santos oficiales participaron en  ocasiones de las miserias, errores y limitaciones humanas; fueron santos a pesar de sus debilidades y nunca se consideraron a sí mismo héroes ni mártires, sino personas que necesitaban imperiosamente cumplir una misión, dar a los demás gratuitamente un poco al menos de lo que reconocían haber recibido. Los ejemplos son múltiples.
            Hace unos días conocí a una monja concepcionista que ha entregado toda su vida al convento. Era una visita  profesional, con motivo  del Catálogo del Patrimonio Bibliográfico. Salí verdaderamente impresionado, no sólo por la sabiduría de estas religiosas sino por su dedicación y por el cariño con que conservan su patrimonio histórico‑artístico. Y me admiré por la serenidad con que afrontan tanto la vida como la muerte: “Yo no quiero morirme ‑me decía‑, porque creo que aún puedo hacer muchas cosas; pero, al mismo tiempo, deseo morir porque sé que voy con Cristo”. En definitiva, contenta con todo, aceptando gozosamente todo.
            También entre los profesionales encontramos personas que no han escatimado esfuerzos para servir a los demás con una intensidad superior a la normalmente habitual en un trabajo retribuído. He sido testigo de la jubilación de Julia Méndez Aparicio, directora de la Biblioteca Pública Provincial desde el año 1958 hasta el pasado 25 de marzo. Indudablemente sin ella no contaríamos los toledanos ni la comunidad investigadora con unas colecciones bibliográficas tan importantes, recopiladas con inaudito tesón por esta mujer de raíces leonesas que nos deja importantes catálogos sobre los incunables y las obras del siglo XVI, estudios sobre las encuadernaciones mudéjares, etc. Su libro La Biblioteca Pública, ¿índice del subdesarrollo español?  es ya un clásico en los estudios de biblioteconomía; y todos los profesionales reconocen el trabajo modélico que Julia hizo dirigiendo el Centro Provincial Coordinador de Bibliotecas o formando a nuevos bibliotecarios. 
            Y estos días hay un caso bien peculiar: el cardenal de Toledo, don Marcelo, con sus 77 años,  está recorriendo todos los arciprestazgos. La carta que escribió anunciando esta visita cuaresmal es bien explícita: “Quisiera recorrer toda la diócesis y agotar mis energías predicando el Evangelio de Jesucristo...”
            Seguro que todos ustedes conocen muchísimas más vidas así, que merecen ser contadas. Son personas, en definitiva, que han descubierto que su lapicero, su vida, goza de eternidad y no tienen miedo alguno de que se gaste. ¡Y qué suerte sacar punta a un lápiz que sabemos no se termina nunca...!


* Ya (2-4-1995), pág. VIII

martes, 29 de noviembre de 1994

Desinterés por las Bibliotecas Públicas del Estado




Desinterés por las Bibliotecas Públicas del Estado.*

            En una investigación de próxima publicación sobre las políticas bibliotecarias en España, basada en el análisis de los programas electorales de los partidos políticos en las elecciones generales del período 1977‑1993, demuestro el desinterés general de la clase política española hacia la lectura pública. Pero no sólo para los políticos no son prioridad las bibliotecas: la sociedad española, en su conjunto,  con las excepciones que confirman la regla, no está suficientemente sensibilizada sobre la necesidad de acceder a la información y la cultura a través  de la biblioteca pública. Por ello, y  aunque las comparaciones son siempre odiosas, no es extraño que el pasado año nadie pusiera reparos a la adquisición por el Estado  de la colección de arte Thyssen‑Bornemisza; incluso algunos críticos destacaron la  verdadera ganga de esa compra, que supuso al Estado un gasto de 44.100 millones de pesetas, frente a los 300.000 en que valoraban la colección los especialistas. Pero, ¿podía permitirse el Estado ese lujo, considerando las todavía  tremendas lagunas de nuestro  país en infraestructura cultural, especialmente en el campo de las bibliotecas públicas? Admitiendo la importancia de esa colección, ¿alguien tuvo en cuenta si en estos momentos de crisis socioeconómica era justo destinar tan altas cantidades del presupuesto nacional a su adquisición? ¿era prioritaria para la formación de los españoles? Ya sé que son situaciones que se presentan una sola vez y que el Gobierno estaba ante una verdadera encrucijada, pero ¿dedicar esa cifra a ese patrimonio artístico no es un gesto propio del hidalgo pobre que describe El Lazarillo de Tormes? Lo cierto es que esa decisión contrasta con las cantidades destinadas por el Ministerio de Cultura a inversiones en las Bibliotecas Públicas del Estado: en el amplio período 1983‑1993, entre nuevos edificios y remodelaciones de los existentes, el total invertido ha sido de 11.686 millones de pesetas, es decir apenas un 25% de lo que el Estado gasta en las 775 obras que integran la colección. A primera vista, estos once mil millones pueden parecer una cifra muy elevada, pero cuando se sabe lo que aún falta para, al menos, dignificar la red de estas Bibliotecas y el escaso presupuesto anual del Ministerio al efecto, aterra pensar los años necesarios para poder disponer de una red de Públicas del Estado ‑la gran mayoría de ellas teórica  cabecera del correspondiente Sistema Bibliotecario Provincial‑ adecuada y que preste los servicios que la sociedad demanda o precisa.
            Estos días, paralelamente al debate de los Presupuestos del Estado para 1995, se alzan voces contra la inversión del Ministerio de Cultura en el Liceo de Barcelona, frente a las partidas previstas para rehabilitar las catedrales. Las propias autoridades hablan, por ejemplo del Museo del Prado o del Reina Sofía; pero pocas veces rompen su habitual  silencio sobre las bibliotecas. Y, desde luego, a la hora de poner reparos a los presupuestos, tampoco la oposición  muestra interés por las políticas bibliotecarias.
            ¿Por qué el Ministerio, con el apoyo solidario de todo el Gobierno, no proyecta un Plan de Bibliotecas que permita completar el programa inversor básico antes del año 2000? La respuesta es muy simple: porque las bibliotecas públicas no son prioritarias para el Gobierno español. Si no, ¿cómo  entender que en el conjunto de países integrados en la Unión Europea mantengamos esa vergonzosa penúltima posición que desde hace décadas denuncian las estadísticas europeas sobre bibliotecas públicas?
            Claro es que en este aspecto, como en otros, el Gobierno escuda su poco interés en el desinterés bastante generalizado que gran parte de la sociedad española muestra hacia las bibliotecas. Pero ello no es ni ética ni políticamente justificable. Es  sintomático, por ejemplo, que las empresas especializadas en estudios y sondeos de opinión no incluyen a las bibliotecas entre las posibles cuestiones que preocupan o interesan a los ciudadanos. Y no quiero decir que nunca son mencionadas en algún porcentaje significativo: me refiero a que, incluso, ni siquiera se incluyen como opción de respuesta, como sí se hace con el patrimonio histórico‑artístico, la educación, etc. También parece un signo el hecho de que casi nunca se produzcan demandas organizadas, por asociaciones vecinales u otros colectivos ciudadanos, solicitando de las administraciones públicas correspondientes la instalación o mejora de una biblioteca pública, al contrario de lo que ocurre en el caso de centros de salud, escuelas u otros servicios públicos.
            Claro que en los últimos años ha habido avances, pero insuficientes, sobre todo por las expectativas que el triunfo del PSOE en 1982 tuvo para el mundo de la cultura. Pero, dentro de la mala situación general, el caso de Castilla‑La Mancha es verdaderamente gravísimo. Las llamadas “Bibliotecas Públicas del Estado” (que deberían llamarse Bibliotecas Públicas Provinciales), de titularidad estatal aunque gestionadas por la Junta de Comunidades, han padecido el olvido por parte del Ministerio. Sólo la de Albacete tiene un nuevo edificio, pero, abierta en 1984, su construcción se había iniciado antes de la llegada al poder de los socialistas. Las restantes tienen unos problemas de espacio y de medios que impiden que cumplan con su misión ante la sociedad: en los actuales edificios de Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Toledo no sólo no cabe un libro; es que no es posible que se pongan en marcha servicios al público totalmente imprescindibles hoy en una biblioteca.
            Se abren, no obstante, ventanas de esperanza: la oposición ciudadana que hubo en Toledo a la división de los fondos de esta Biblioteca, y la actual lucha que una plataforma cívica plantea en Guadalajara para que la biblioteca permanezca en el emblemático Palacio del Infantado, ampliando sus espacios con la adquisición de un edificio anejo, son posiciones que nos hacen pensar que, poco a poco, la sociedad está reaccionando. Sin duda, en ello tienen bastante que ver los bibliotecarios; de la calidad y el esfuerzo de estos profesionales sí que puede sentirse orgullosa nuestra Región.


* Diario 16 Castilla-La Mancha (29-11-1994), p.8

sábado, 1 de octubre de 1994

Los aliados de las bibliotecas

‑ “Los aliados de las bibliotecas”. En colaboración con Begoña Marlasca Gutiérrez. Educación y Biblioteca. Año 6, núm. 50 (octubre 1994), págs. 62‑63 y núm. 52 (diciembre 1994), págs.13‑19.

1ª) parte del artículo:   Los aliados de las bibliotecas

2ª) parte del artículo:    Los aliados de las bibliotecas





miércoles, 1 de junio de 1994

Bibliotecas Públicas y partidos políticos. Las políticas bibliotecarias en los programas electorales (1977‑1993)


“Bibliotecas Públicas y partidos políticos. Las políticas bibliotecarias en los programas electorales (1977‑1993)”. Boletín de la Asociación Española de Archiveros, Bibliotecarios, Museólogos y Documentalistas. Año XLIV (1994), núm. 2 (abril‑junio), págs.123‑175.


Enlace:  Bibliotecas públicas y partidos políticos...



sábado, 23 de abril de 1994

Leer, un derecho de todos




Leer, un derecho de todos*


            Leer es cosa de todos, es el lema elegido este año por la Consejería de Educación y Cultura para celebrar la Fiesta del Libro e iniciar un programa de promoción de la lectura y de asistencia a las bibliotecas. Entre los numerosos lemas ofrecidos por los directores de las Bibliotecas Públicas del Estado y de los Centros Coordinadores Provinciales de Bibliotecas de nuestra región, finalmente se eligió éste, que había sido propuesto desde el Servicio Regional de Archivos y Bibliotecas. Con ese título genérico se intenta integrar en el Año Internacional de la Familia las iniciativas que durante 1994 puedan ponerse en marcha en Castilla‑La Mancha relacionadas con el libro, la lectura y las bibliotecas.
            Y es que Leer no es privativo de los niños (aunque sean ellos los usuarios más numerosos de las bibliotecas), ni de los estudiantes (demasiadas veces lectores forzados por sus profesores), ni de un cierto sector de la población adulta más concienciado de la necesidad de estar informado y de acudir por ello a la biblioteca, ni  de ese grupo minoritario de creadores e intelectuales que buscan en la biblioteca las fuentes para su trabajo...
            Tampoco es la biblioteca el único lugar para la lectura. Los editores hacen campañas de promoción normalmente dirigidas a que los ciudadanos compren libros; y parece legítimo, pues los libros, además de fuente de información, cultura y ocio, constituyen una de las grandes industrias de nuestro país. En similares términos se mueven los libreros, y es lógico porque, según la Encuesta de...prácticas y consumos culturales de los españoles (1991), sólo el 37% de las personas mayores de 18 años compró algún libro en el período de 12 meses. Y por cierto, nuestra región, según ese estudio, es la penúltima de las Comunidades Autónomas, con sólo un 22% frente a regiones como Madrid (54%), Cataluña (46%), País Vasco (43%), Asturias (41%), etc.
            Pero el hábito de compra de libros, que está muy bien, no puede hacernos olvidar que la lectura es un derecho de todos los ciudadanos y, consiguientemente, los poderes públicos han de velar por el cumplimiento de dos derechos constitucionales: a la información y a la cultura, que es donde hay que enmarcar el acceso de los españoles al libro y a otros soportes de información. Por ello, aunque me parece más constructiva la imagen de una familia leyendo que una familia abandonada a la alienante “suerte” del televisor, los bibliotecarios resaltamos la función social que efectúa un servicio público tan fundamental como es la biblioteca.
            Dice el mismo estudio citado que sólo el 11% de los españoles adultos acuden a las bibliotecas. Y esa cifra, sin duda muy baja, contrasta con la visión que la mayoría de las bibliotecas españolas ofrecen: normalmente repletas de público, a veces con problemas de convivencia derivados precisamente de la escasez de puestos de lectura. Las Administraciones públicas han realizado durante los últimos años un importante esfuerzo inversor; en concreto, la Junta de Comunidades de Castilla‑La Mancha ha invertido en bibliotecas y casas de cultura unos 6.000 millones de pesetas entre los años 1985‑1993. Todo esto quiere decir que, a pesar de estos datos, aún queda mucho camino por recorrer.
            Entre los grandes retos pendientes en la política de lectura pública está el completar  las colecciones bibliográficas y de publicaciones periódicas e incorporar a las bibliotecas los equipos audiovisuales básicos y los correspondientes soportes: Compact Disc, vídeo...También está pendiente la paulatina informatización de las bibliotecas del Sistema Bibliotecario  Regional y su acceso a bases de datos mediante videotex, CD‑Rom,... Y, sobre todo, la asignatura pendiente es la dignificación y estabilidad profesional del bibliotecario: no hay biblioteca sin bibliotecario. Junto a estas necesidades de las bibliotecas, se encuentra la tarea de incrementar el número de centros bibliotecarios en las localidades mayores para asegurar un servicio efectivo al conjunto de la población. Me explico: igual que no basta un único hospital para una ciudad, sino que se precisa una red de centros de salud, en el caso de las bibliotecas los ciudadanos han de poder contar con una red de bibliotecas que presten servicio a los vecinos de los diferentes barrios. Sólo así podrá hablarse verdaderamente de una cobertura plena de la población.
            Las bibliotecas, bien dotadas y con personal adecuado y estable, son una alternativa real para la educación, el ocio, la cultura y la información de las personas. Desde luego, serían una alternativa a la calle, la discoteca  o el bar, que en muchos casos parece son los únicos lugares que nuestra sociedad  destina a los jóvenes. Y si hablamos de que leer es cosa de todos y de que constituye un derecho también de todos, me parece preocupante la marginación que en este sentido sufre el ciudadano de las pequeñas localidades que, por su escasa población, no tienen biblioteca: cerca de 600 municipios de Castilla‑La Mancha (el 65% del total) carece de cualquier tipo de servicio bibliotecario. Son aproximadamente 234.000 personas a los que, por el delito de vivir en pequeñas localidades se les niega el derecho al libro.
            Afortunamente, la biblioteca va poco a poco considerándose por los responsables públicos como uno de los servicios que han de generalizarse. Pero sigue siendo escasa la reivindicación que el conjunto de la sociedad formula al respecto: sin formación e información no tendremos una democracia madura; y en esas parcelas la biblioteca ocupa (aunque de momento sea demasiado teóricamente) un lugar privilegiado. Lo que hace falta es que, como ocurre con el derecho a la salud, a la educación o a otros derechos considerados básicos, los propios ciudadanos comencemos a clamar por el derecho a la información y a la lectura  para todos, como un servicio público que debe estar en la base de la educación y la cultura de un país.


* La Voz del Tajo (23-4-1994), p.9

lunes, 1 de noviembre de 1993

Radiografía de urgencia: bibliotecas en Castilla‑La Mancha




“La lectura pública en Castilla‑La Mancha: radiografía de urgencia”. Añil, Cuadernos de Castilla‑La Mancha, nº 2 (noviembre 1993), págs. 51‑61. [Publicado con el título “Radiografía de urgencia: bibliotecas en Castilla‑La Mancha”]

 Puede leer el artículo completo en :

Enlace: La lectura pública en Castilla‑La Mancha: radiografía de urgencia
 



 





domingo, 19 de septiembre de 1993

La Bella y los libros



La Bella y los libros*.

            La proyección de La Bella y la Bestia despertó verdadera pasión, y ahora  ocurre lo mismo con la edición en vídeo de esta película de los estudios Disney. Además, la espléndida estructura de comunicación que siempre ponen en marcha los productores colabora en la creación de un verdadero mundo Disney. Bella es, sin duda, la gran heroína del momento para miles de personas. La película merece la atención prestada, y los personajes principales, Bella y Bestia, el cariño que están cosechando entre todos los públicos.
            En lo que tal vez menos se ha reparado es que esta película constituye la mejor campaña de animación a la lectura puesta en marcha. La del mono del Ministerio de Cultura, en tantos aspectos fracasada, no es nada comparada con el mensaje (y además de larga duración) de la película; y el “Leyendo se entiende la gente” de la Consejería de Educación y Cultura llega a ámbitos muy reducidos al no haberse utilizado los soportes clásicos de estas campañas. Pero tal vez no importa: ¿qué mejor programa de promoción de la lectura que esta película, vista por millones de personas en todo el mundo? Cierto que se trata de mensajes la mayoría de las veces implícitos, pues la película plasma con acierto cómo la sociedad, en general, vive de espaldas al libro. Pero muchísimos de los espectadores prendados de Bella pueden perfectamente enamorarse también de los libros y convertirse en lectores constantes.
            En la pequeña aldea donde vive Bella,  cada día es igual y “nada nuevo hay que contar” y todos sus vecinos coinciden en que ella es “una chica peculiar”, distinta  y que “nunca deja de leer: con un libro puede estar siete horas sin parar; con un libro no se acuerda de comer...” Bella vive en su mundo de imaginación, lugares lejanos, aventuras,...buscando la profundidad de lo interior, mientras sus convecinos no salen del monótono y superficial acontecer cotidiano. Y allí vive también el prototipo de hombre triunfador, arrogante, dominador...Gastón, como símbolo de tantos sectores que temen que el libro convierta a la persona en libre y crítica, recrimina a Bella: “No está bien que una mujer lea; enseguida empieza a tener ideas y a pensar...”  Debe olvidarse de los libros y prestar atención a “cosas importantes”...¿Tal vez la televisión, el bar, el deporte‑sillón, el consumismo, la escalada social, la comodidad...?
            La librería/biblioteca en la que Bella recibe prestados sus libros y, después, la gran biblioteca de la Bestia/Príncipe en su palacio, son los ejes de la metamorfosis de ésta: el amor de Bella y las lecturas de libros van humanizando a la Bestia hasta convertirse en el nuevo ser que hay en toda persona. Pero, en Toledo, ¿dónde leerán los conversos al libro?.



* Ya (19-9-1993), pág. VIII

miércoles, 18 de agosto de 1993

Las Bibliotecas Públicas, asignatura pendiente



Las Bibliotecas Públicas, asignatura pendiente.*

            La próximo celebración en Barcelona (22 al 28 de agosto) del 59 Consejo y Conferencia General de IFLA (Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas) es ocasión propicia para reflexionar sobre el estado actual de la lectura pública en nuestro país. El hecho, además, de que la Conferencia gire en torno a la biblioteca universal (las bibliotecas como centros para la disponibilidad mundial de la información) pone el dedo en la llaga sobre la situación de la mayoría de las bibliotecas públicas en España.
            Hace unos meses, en el curso del seminario La Sociedad Lectora que tuvo lugar en Madrid, se alzaron  voces en representación de diversos sectores (críticos, bibliotecarios, editores y técnicos de la Administración) recordando que las bibliotecas públicas constituían la asignatura pendiente de la política cultural española. Es cierto que es una responsabilidad compartida, pues las competencias sobre libro y bibliotecas están transferidas a las Comunidades Autónomas; pero el Ministerio de Cultura tiene la obligación de vertebrar y poner en marcha el Sistema Español de Bibliotecas, en el que tanto la Biblioteca Nacional como las Bibliotecas Públicas del Estado tienen papeles primordiales como ejes, respectivamente, del sistema nacional y de los correspondientes sistemas provinciales.
            Como en tantos otros campos, lógicamente, se ha avanzado durante la última década. Pero no con la intensidad que se intuía en 1982, cuando la victoria del PSOE alumbraba grandes esperanzas para que existiera una verdadera política bibliotecaria y se definiese un plan nacional de lectura pública con la colaboración del Estado y de las Comunidades Autónomas. Latía el recuerdo de María Moliner, que en la II República elaboró un Plan de Bibliotecas todavía válido en gran medida, y la circunstancia de que los nuevos responsables públicos tenían probada sensibilidad hacia la lectura. Pero el paso de los años fue eclipsando aquella esperanza, no exenta de  realizaciones puntuales y de mejoras globales pero faltando  una verdadera conciencia sobre el papel que la biblioteca pública ejerce en la persona y en la sociedad como centro básico para la información, la educación, la cultura y el ocio de la comunidad.
            Los distintos estudios sobre hábitos culturales  apuntan  que apenas un 20% de los mayores de 18 años pueden considerarse lectores habituales y que sólo un 11% acudieron en 1990 a una biblioteca pública, frente al 90% que se consideran asiduos de la televisión. Y de poco sirven las campañas de invitación a la lectura cuando, por una parte, desde los medios de comunicación públicos (especialmente TVE) se está propiciando una sociedad no lectora, acrítica y pasiva y, de otro lado, se carece de una adecuada y extensa red de lectura pública que permita a todas las personas, sin discriminación por su lugar de residencia o por su condición sociocultural, acceder gratuitamente al libro y la información. En este sentido, el primer paso para cambiar esta situación es considerar a la biblioteca pública un servicio público de primer orden, además de un derecho constitucional implícitamente ya reconocido.
            Es constatable que las bibliotecas abiertas están siempre repletas de público, aunque muchas veces no puedan cumplir sus fines por falta de medios técnicos o personales. Pero el número de ciudadanos españoles que no pueden acogerse a algún tipo de servicio bibliotecario es todavía muy importante. Otro problema es el de la cualificación y estabilidad  de los profesionales: si en su gran mayoría es verdad que trabajan con un voluntarismo encomiable, el escaso reconocimiento social y político hacia el bibliotecario hacen que todavía muchos responsables públicos consideren que cualquier persona está preparada técnicamente para dirigir o trabajar en una biblioteca. Respecto a la crisis lectora que se produce en los jóvenes, hay que relacionarla directamente con la inexistencia de bibliotecas escolares; sorprende que el Ministerio de Educación y la mayoría de los responsables educativos autonómicos tengan en alta estima a la biblioteca escolar pero no consideren conveniente la existencia de un bibliotecario que, como técnico, colabore con el conjunto de la comunidad educativa.       
            Sobre la consideración política que existe hacia la biblioteca, sólo hay que consultar los programas electorales de los partidos  con implantación nacional para  las elecciones generales. Si  añadimos las practicamente nulas referencias que al respecto pudieron oirse o escribirse en la última convocatoria electoral, estaremos ante síntomas evidentes de una actitud que resulta preocupante. Incluso las declaraciones programáticas de la actual ministra de Cultura, vinculada especialmente al mundo del arte y sin mencionar el campo bibliotecario, constituyen la constatación de que estos centros públicos de información entran en las prioridades de muy pocos dirigentes. Al respecto, por ejemplo, recordemos que el Ministerio de Cultura tiene paralizados sus dos programas inversores básicos: la construcción o mejora de Bibliotecas Públicas del Estado y su programa de informatización. ¿Qué pasará en 1994, cuando ya se reconoce públicamente la crisis económica?.
            Pensar en las bibliotecas públicas es invertir en el grado de madurez de una sociedad, de un país. Por ello, diseñar una verdadera política bibliotecaria contribuirá no sólo a democratizar el libro y la lectura sino también a formar integralmente a los ciudadanos. Sin bibliotecas suficientes y adecuadas, los modelos educativos están condenados al fracaso. Pero deseo dejar abierta la puerta a la esperanza: la celebración de la Conferencia de la IFLA puede ser motivo y cauce para sensibilizar a la opinión pública y para que los responsables políticos se conviertan en verdaderos defensores de la biblioteca pública.


* Diario 16 (18-8-1993), p. 12